La Orden de Malta en las monedas


La historia de la Orden de San Juan no acaba con la toma de Rodas por los turcos. Expulsados de la isla, los Caballeros peregrinaron por el mundo hasta que, en 1530, el emperador Carlos V les asignó la plena soberanía de la Isla de Malta. Los Caballeros de Malta siguen existiendo hoy y ejercen su soberanía, sólo relativamente, en su palacio de via Condotti, en Roma, donde tiene su sede la Orden desde 1834. En 1798 perdió la isla que sigue llevando su nombre. Los Caballeros, herederos de la antigua Orden fundada en Jerusalén, son en la actualidad unos 8.000. Estos notables, repartidos por todo el mundo, forman parte de un Estado muy singular, sin territorio propio, pero reconocido por las más importantes y prestigiosas instituciones mundiales, como la ONU y la Santa Sede, la cual ejerce las prerrogativas de patronazgo sobre la Orden, que en definitiva es religiosa. Cuando Carlos V decidió asignar a los Caballeros una nueva sede a fin de evitar su dispersión, además de sus votos de fidelidad a la cristiandad tuvo en cuenta su gran experiencia y pericia en el uso de las armas, pues el Mediterráneo seguía infestado de turcos, acérrimos enemigos históricos de los Caballeros. Sintiéndose llamados una vez más a defender la religión, los miembros de la Orden se instalaron en Malta, situada estratégicamente para controlar las rutas del comercio marítimo, y allí reanudaron idealmente la tarea que se habían fijado en los lejanos tiempos de las primeras Cruzadas. Así, con el patrocinio y el favor del emperador, crearon un Estado caracterizado por un poder y una fuerza muy notables, también en el terreno económico. En la isla se formó una rica y refinada corte, se creó una flota numerosa y organizada y se fundó una escuela naval famosa en todo el mundo.

Una isla cristiana

Fortalecidos por la triste experiencia de Rodas, los bisnietos de Malta no se dejaron atemorizar por un nuevo ataque de los turcos, que en 1565 trataron de expulsarlos de la isla. Este fallido ataque significó un momento muy importante para la cristiandad occidental, y la destrucción de la antigua capital La Notabile impulsó la fundación de la nueva en La Valetta, nombre que se debe al gran maestre Jean de la Valette (1557-1568). En 1798, los Caballeros, tras un prolongado asedio, tuvieron que rendirse y ceder la isla: en 1800 se convirtió en colonia británica.

Las monedas maltesas

Hasta finales del siglo XVIII, los Caballeros de la Orden acuñaron monedas. A estos años corresponde la introducción del carlino, acuñado por vez primera por Jean de la Valette: se trata de una moneda de plata que presenta los escudos de los grandes maestres de la orden. También existen ejemplares de cobre, que datan del asedio turco, cuando no se disponía de plata. En el sistema maltes existía también la cinquina, de cobre, que en el reverso presenta la hermosa y significativa iconografía de las dos manos estrechándose, imagen presente también en otras monedas. Dos cinquine constituyen un carlino. Muy importante es el tari (o tarlno de los Caballeros de Malta). En esta moneda, de plata, que forma parte de un sistema con numerosos múltiplos, aparece a menudo, en el reverso, una representación más bien macabra: la cabeza cortada, dispuesta en una jofaina, de san Juan Bautista, el santo al que se dedica la obra de los Caballeros. En las primeras monedas con esta iconografía, la cabeza ocupa todo el campo, con barba y cabello largo, ojos cerrados y rostro tenso, enjuto y sufriente. El tipo se mantuvo durante siglos, pero con el tiempo el estilo se afina en algunos aspectos, perdiendo buena parte de su dramatismo: bajo Jean Paul Lascaris (1636-1657) y hacia comienzos del siglo xvm, el dibujo se hace más preciso y la composición está más estudiada, aunque seguramente resulta menos eficaz. En las monedas de a Orden de los Caballeros de Malta, no puede faltar la celebérrima cruz de ocho puntas, un símbolo que se reconoce inmediatamente. También son muy frecuentes el Agnus Dei y varios escudos de ar-1 mas de las familias que se sucedieron en el poder. A partir de finales del siglo xvi, aparecen los retratos de los grandes maestres, todos similares, con peluca y con la mirada fija y estereotipada de quien, como hombre de Iglesia y jefe político, debe mostrarse distante y solemne.
Los cequíes de oro se produjeron hasta 1773, y en los acuñados hasta 1656 se reproduce sin novedades ni modificaciones el tipo véneto. Más tarde, en el reverso, y en el lugar del Redentor circundado por una mandorla de estrellas, se halla el escudo de armas de la Orden y del gran maestre. Las monedas de oro emitidas en estos años presentan una amplia serie de múltiplos con el retrato del príncipe y los escudos en cenefas coronadas. El sistema monetario maltes se renovó bajo el gran maestre Manoel de Vilhena (1722-1736), adecuando el numerario interior a las monedas extranjeras de mayor difusión: así, apareció por vez primera la pieza de dos, seguida por la de un escudo de plata.
La acuñación, interrumpida en 1798, se reanudó en Roma en 1961 con los mismos numerarios y tipos, aunque no hay acuerdo sobre la definición de estas emisiones: la Orden no ostenta soberanía territorial y, por tanto, más que como monedas habrían de catalogarse como medallas.




El tálero y los reales


Ya hemos tenido ocasión de subrayar que el tálero, entre finales del siglo xv y comienzos del xvi, se convirtió en punto de referencia fundamental en el ámbito mercantil. De plata y de 28 a 32 g de peso, esta moneda tuvo el mérito no sólo de renovar el sistema monetario, sino también de introducir nuevas iconografías. Particularmente ligada al realismo es la representación del anverso, el retrato del soberano con armadura. Indudablemente, la gran fortuna del tálero en Europa se debió al aprovechamiento de las ricas minas de plata. En el Tirol, hacia finales del siglo xv, una mejor utilización de las minas existentes y el descubrimiento del filón de Schwarz coincidieron con una renovada necesidad de dinero para los intercambios comerciales, particularmente intensos en la reglón del Tirol, dada su situación como nudo de comunicaciones entre Italia y Alemania.

El florín de oro de segismundo del tirol

Aun no siendo un gran economista ni un gran político, pues hubo de abdicar en favor de Maximiliano de Austria, Segismundo del Tirol (1439-1490) comprendió la importancia de la moneda y de todas sus implicaciones: mandó trasladar la ceca a Hall, ciudad próxima a las minas de Schwarz, organizó un moderno y estable sistema monetario en su reino, y contrató a un técnico de la ceca veneciana que conocía bien su oficio (llamado por los naturales del lugar Anthon Ross) y, sobre todo, que dominaba los secretos de la primera gran moneda de plata de Venecia: la lira tron (acuñada bajo el dux Nicola Tron), la primera lira de cuenta transformada en moneda real, de 6,52 g de peso.
Entre 1477 y 1478, el duque Segismundo mandó acuñar un florín de oro en el que aparecía con armadura y empuñando la espada: ésta era la primera moneda alemana con retrato del soberano, semejante en la composición al futuro tálero. El soberano también había comprendido que era posible transformar esta moneda de oro, metal cada vez más difícil de hallar, en una moneda con el valor equivalente en plata. En 1486 se emitió el guldiner (o goulden), que conservaba el nombre de una pieza de oro, pero que ahora era de plata: pesaba unos 31,7 g y tenía una ley de 935/000. En el anverso aparece el retrato del duque en pie, con armadura, con cetro y corona. En el reverso, en cambio, se muestra a Segismundo a caballo, circundado de blasones. Cuando Maximiliano accedió al poder, trató de mantener las reglas fundamentales del reconocido sistema tirolés. Pero en un primer momento su plan tropezó con las diversas autoridades locales, celosas y atacadas en sus sistemas monetarios particulares. La reforma del tálero se llevó a cabo con gran lentitud y con tiempos y nombres distintos en cada una de las diversas regiones europeas. Maximiliano llamó junto a sí a los más diestros grabadores para que se encargaran de su retrato en los táleros, lo cual confirma que había comprendido bien la novedad y la potencial extensión de esta moneda, además de la importante función propagandística que se le podía confiar.

Los taleros oe sajonia

También Sajonia, zona muy rica en minas de plata, emitió hacia 1500 un tálero según el modelo tirolés, que obtuvo gran éxito. En Bohemia, los condes Schlick hallaron enormes yacimientos de plata: esto, unido a estrechas y fructíferas relaciones comerciales con Sajonia y a la autorización para la apertura de una ceca, determinó que el tálero se acuñara en esta región. La moneda bohemia llevaba en el anverso a san Joaquín, y en el reverso el león de Bohemia. Precisamente a una mina de esta región, Joachimsthal, se debe el nombre de tálero, llamado de diversas maneras hasta aquel momento (Guldengroschen o Silbergroschen): de la rica mina de Joachimsthal salieron tantas piezas, que la abreviatura del adjetivo joachimsthaler (o sea del valle de Joachim) se convirtió en el término por antonomasia para designar esta moneda. Con el tiempo, fueron muchísimas las regiones y ciudades alemanas que acuñaron táleros: Hesse, Meclemburgo, Württemberg y otras. Los condes de Mansfeld, región donde se hallaban minas muy ricas, acuñaron táleros entre los siglos xvi y xvui, y como la iconografía representa a san Jorge matando al dragón, se confirió a esta moneda un valor de talismán. El sistema basado en el tálero comprendía submúltiplos (1/2, 1/4, 1/8 y 1/16), lo que permitía producir valores fraccionarios, susceptibles de ser usados por la población para las pequeñas transacciones.
La iconografía adoptada en las diversas regiones y por los distintos señores era variada: muchos llamaron a artistas de fama internacional (como el pintor Lucas Cranach) para dibujar sus retratos y utilizarlos principalmente en los dobles táleros, que se acuñaban como monedas honoríficas. Otros dibujos consistían en los santos patronos (Colonia, Salzburgo) y los escudos locales. No debe olvidarse que en aquellos años el territorio alemán estaba atravesando un momento particularmente feliz desde el punto de vista cultural e histórico, un renacimiento local caracterizado, en el arte aplicado a las monedas, por un acentuado realismo. Después de la guerra de los Treinta Años, y pese a la notable producción de las minas de plata de Europa central, el metal precioso ya no bastó para cubrir la demanda destinada a la emisión de táleros. La plata que llegaba del Nuevo Mundo pertenecía a España y era revendida a precios muy elevados. Así se decidió adoptar una moneda más ligera, el florín, equivalente a 2/3 de tálero. No obstante, muchos príncipes alemanes quisieron continuar la producción de táleros como moneda apropiada, dadas sus notables dimensiones, para celebrar los hechos más importantes, para subrayar la profesión de fe, para sancionar la legitimidad y el poderío de las diversas Casas reinantes, y para albergar sus complicados escudos. Los táleros se convirtieron entonces en auténticas páginas en las cuales, de varias maneras y a veces muy fantasiosas, se ilustraban los más diversos temas.

El schauthaler

En tiempos de Maximiliano nació un tálero especial: el tálero-medalla, pieza llamada también Schauthaler o sea tálero de ostentación. Se trataba de táleros acuñados en diversos valores, generalmente múltiplos de la unidad, que presentaban las mismas características que la moneda, pero no debían cumplir las funciones de intercambio. Por lo regular, en estas piezas se halla el retrato de Maximiliano, de perfil, con coraza. Los mejores grabadores eran reclamados a la corte para dar forma a lo que debía convertirse en un mensaje propagandístico y de testimonio histórico. De Mantua llegó Gian Marco Cavalli. Entre las numerosas monedas-medalla, recordemos el doble tálero acuñado para celebrar la ceremonia de la coronación imperial (1508), destinado a las más altas personalidades: en el anverso aparece Maximiliano a caballo (la iconografía del jinete estaba difundida desde hacía tiempo en Europa central) y con uniforme de gala. En el reverso, el águila bicéfala rodeada de los escudos. También la joven esposa del emperador es representada en una de estas monedas-medalla, con lo que también ella pasa a formar parte de una galería de personajes y acontecimientos de particular interés.

La difusion del tálero

El tálero se difundió por doquier con gran velocidad y aceptación, y tomó los nombres más variados en las regiones por donde circulaba: rikjsdaaler (o risdaller) en Holanda, y más tarde leuwendaalder; en Prusia se llamaba Reichsthaler, y la lista podría alargarse mucho. A menudo el tálero venía caracterizado por el nombre de sus grabados, por el motivo de su emisión, por la autoridad emisora: así, teísmos táleros de la rosa, de convención, de la alianza y los destinados a Levante.
En Italia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI los escudos (los táleros italianos) se difundieron ampliamente. Entre los primeros que acuñaron este tipo de moneda se contaron los Saboya (1556); Venecia, con un ducado de plata cuyo peso superaba los 32 g (1562); Génova (producción regular a partir de 1596), Florencia (1568), Mantua (un escudo de plata de 6 liras y 31,50 g de peso) y Roma (la primera piastra data de 1588 y pesaba 31,93 g).

Los yacimientos de plata en Europa

Por las noticias que tenemos, podemos afirmar que hasta el descubrimiento de América (y de sus reservas de oro y de plata) la cantidad de metales preciosos que circulaban en Europa fue siempre inferior a la demanda. Esta carencia se acentuó y se hizo más evidente cuando, desde comienzos del siglo xiv, la actividad mercantil se generalizó. El metal que con más frecuencia constituía el parámetro para el intercambio era la plata, cuyo valor aumentó respecto del que se atribuía al oro. Esta situación indujo a explotar las minas europeas cada vez con más dedicación y con renovados sistemas técnicos. En el siglo xv había importantes yacimientos en Sajonia, Hungría, Bohemia, Carintia y Estiria. Luego se descubrieron grandes reservas en el Tirol, en el territorio de Salzburgo, y se abrieron nuevas minas en Sajonia (Scheeberg y Annaberg se sumaron a la más antigua de Mansfeld). La actividad de las minas se vio potenciada por nuevas técnicas que permitían excavar el terreno a mayor profundidad, con lo que el hombre podía trabajar en niveles mucho más hondos: galerías con bóvedas y paredes apuntaladas, empleo de bombas extractoras de agua y canales de derivación de las capas acuíferas mejoraron sin duda la calidad y el rendimiento laboral. También para el refinado y la transformación del metal se disponía hacia finales del siglo xv de fuelles y de mazos más idóneos para satisfacer una demanda creciente. Y, en efecto, la producción de plata en Europa central aumentó no menos de cinco veces, alcanzando una producción anual de 85 toneladas, cantidad que no volvió a igualarse hasta el siglo xix. Las cecas y los comerciantes seguían solicitando metal precioso, y se consiguió el resultado de que el oro se considerara de nuevo más precioso que la plata. Con el renovado vigor conferido a la plata por las minas europeas, sucedió que las monedas de oro fueron sustituidas en algunos casos por piezas de plata de valor equivalente: nacieron así los táleros alemanes (equivalentes a los goulden de oro), mientras los testoni italianos no guardaban ya relación alguna con los grossi y los denari del período medieval, ni por el peso ni por la iconografía. No obstante la nueva aportación de monedas de plata, hacia finales del siglo xv, la búsqueda de oro se tornó febril.

El monopolio portugués

En Europa no existen yacimientos importantes de oro. En la Edad Media el oro provenía de las fuentes más dispares, pero en todo caso de Oriente y de África en su mayor parte. Mucho metal llegaba de las minas de Nubia (actual Sudán), y de saqueos de tesoros de lugares particularmente ricos en antigüedades, como Egipto, Siria y Persia. Un Importante centro distribuidor del precioso metal se encontraba en Egipto y en Africa del Norte. Cuando los portugueses, a partir de las primeras décadas del siglo xv, ocuparon África occidental, el punto de acopio se desplazó a los territorios controlados por ellos: allí, en efecto, se recogía todo el metal procedente de Guinea y de Costa de Marfil. En poco tiempo, los portugueses se hicieron con el monopolio casi total del oro en Europa.
Para Portugal esto significó el nacimiento de una moneda llamada a durar mucho tiempo, el cruzado, una pieza de oro de unos 3,84 g de peso, que tomó su nombre de la leyenda CRVCIATVS y de la cruz de san Jorge que aparecen grabados. Se acuñó en oro por primera vez en tiempo de Alfonso V, que reinó de 1438 a 1481 (pero en plata existía ya desde fines del siglo xiv), y se exportó a los países ocupados por Portugal.

El oro americano

Con el descubrimiento de América se inició la era de los ingentes suministros de oro: primero el metal amarillo provenía de las Antillas, y en una segunda etapa se explotaron las zonas de Centroamérica y de Venezuela. Generalmente se trataba de oro de origen aluvial (extraído de los cursos de agua) u obtenido de las minas de México, pero a partir de 1533 comenzó a llegar a Europa el oro arrebatado a los incas. Hacia mediados del siglo xvi se abrieron las minas de la actual Bolivia. Con ello Europa, que desde hacía años se resentía de carencia de metal precioso, fue literalmente invadida de oro y plata, lo que dio origen a una gravísima inflación. La gestión de una riqueza tan abundante, y todavía del todo virgen, precisaba una adecuada organización. De ahí que no tardaran en ser enviados virreyes a los territorios recién conquistados. En 1521 se fundó Ciudad de México, en el lugar de la antigua capital, Tenochtitlán. En 1535, en virtud de una ordenanza de la reina Juana la Loca, madre del futuro Carlos V, se fundó la primera ceca del Nuevo Mundo.
En América, las primeras monedas se remontan a 1536: piezas de plata con valores de 3, 2, 1, 1/2 y 1/4 de real. Las monedas se emitieron en nombre de Juana y de su hijo Carlos. En 1536, durante el reinado de Felipe II (1555-1598), se creó la ceca de Lima (cuyo símbolo era la letra p). Después de 1570 nació la pieza de 8 reales, acuñada con la plata de las riquísimas minas locales. Fue una moneda de enorme éxito, destinada a circular hasta 1825 en el Nuevo Mundo y en muchos otros países occidentales. Las cecas americanas no eran, desde luego, las más cuidadosas, y los grabados no se distinguían por su particular precisión y habilidad, hasta el punto de que nos han llegado piezas de factura muy tosca, formas irregulares y caracteres impresos de manera sumaria, en ocasiones ilegibles.




Las monedas del Norte de Europa


El sistema monetario de los Países Bajos quizá sea uno de los más complejos de Europa: las implicaciones políticas y militares con los ingleses, los franceses y los Habsburgo determinaron que los numerarios y los tipos fueran numerosos y cambiantes. Cuando ciudades como Amberes y Rotterdam se convirtieron en centros de comercio de importancia mundial, en esta zona empezaron a circular muchas monedas extranjeras que también fueron imitadas y falsificadas con toda desenvoltura. Entre ellas se contaba también el florín, la moneda florentina adoptada en muchos países europeos.

Las monedas de oro

La riqueza de los Países Bajos se concreta en una cantidad de monedas de oro en verdad notable: en la primera mitad del siglo XV tenemos el caballero o rijder, emitido por Borgoña, que presenta un hombre a caballo; el león de oro o leeuw, también borgoñón, con la figura del patrono, san Andrés. La base del sistema holandés era el stuiver o doble grueso, una moneda de plata que, sin embargo, tenía varios valores en el interior de numerosas regiones: en Flandes valía 48 mite (la unidad monetaria menor), y en Brabante, 72. Muy utilizado también era el groot, una moneda afín al tornes francés y que se remontaba al siglo XIII. Hasta 1520 la moneda holandesa conservó un estilo medieval: se trata de piezas de oro, el toisón de oro (tipo acuñado por vez primera en tiempo de Felipe el Hermoso de Francia, y emitido también en plata, para celebrar la antigua orden del Toisón de Oro) y un florín que presentaba la efigie de san Felipe.

Las monedas de isabel

La guerra, larga y sangrienta, contra la hegemonía española tuvo Importantes repercusiones en la moneda holandesa: en las regiones empeñadas en la contienda se produjeron muchas emisiones extraordinarias, necesarias para el pago de las tropas. Una vez conquistada la independencia (1579), las provincias del Norte adoptaron un sistema monetario propio, mientras que las provincias del Sur permanecieron vinculadas al reino de España y a sus reglas monetarias (Flandes, Brabante, Tournal y Luxemburgo). Fue importante la renovación monetaria llevada a cabo bajo Isabel, hija de Felipe II y esposa del gobernador de los Países Bajos, Alberto de Habsburgo (1598-1621). El sistema, destinado a mantener la estabilidad por muchos años, se basaba en el ducado (3,50 g, ley 990/000) y comprendía el doble ducado (la iconografía estaba caracterizada por los retratos de ambos soberanos) y el albertino, de 2,86 g de peso, con ley de 883/000. Por lo que se refiere a las monedas de plata, recordemos el florín y el doble florín. Estos años registraron momentos de gran incertidumbre en materia de divisas, debida al lanzamiento al mercado de grandes cantidades de oro y de plata. La oscilación del metal precioso condujo a la introducción de una nueva unidad de medida para el oro, la soberana, con peso de 5,61 g: la moneda, que presenta a los príncipes entronizados, fue muy apreciada en las regiones de Levante. En las provincias del Norte (entre ellas Holanda, Zelanda y Utrecht) se pensó en una moneda homogénea en la que, sin embargo, cada provincia pudiera utilizar sus propias armas heráldicas. La primera emisión de dichas monedas, llamadas leewendaalder o daalder de los leones, tuvo lugar en 1575: son de plata y presentan los leones del escudo holandés alzados sobre las patas traseras. La ley era muy baja (750/000), pero la pieza tuvo éxito y circuló ampliamente en el interior de los territorios de las colonias americanas, donde se conoció con el nombre de dog dollar, o sea dólar del perro: esa fue la interpretación que se dio a los leones, mal acuñados, que caracterizaban las monedas. Hacia finales del siglo XVI se introdujo otra pieza de oro destinada a tener amplio éxito: el ducado, semejante, en los tipos, al húngaro. La iconografía del anverso presenta un jinete de cuerpo entero, con armadura, espada y un haz de flechas, mientras que el reverso está caracterizado por un pliego de papel semienrollado. Muy hermoso y difundido es también el rijksdaalder de plata, en el que Guillermo I de Orange, artífice de la libertad holandesa, se representa en un hermoso retrato, revestido con una pesada coraza y portando una gran espada, según el típico modelo de los príncipes sajones.

Las monedas cuadradas suecas

En 1523, el rey Gustavo Vasa fundó el Estado nacional sueco (desde 1393 Suecia estaba unida a Noruega y Dinamarca, formando un único reino). En 1534, el soberano quiso dotar a su país de algo parecido al tálero, la moneda de plata más difundida en los mercados: así nació el daler.
Gustavo II Adolfo (1611-1632) introdujo las primeras monedas cuadradas, de cobre. El detalle no es baladí, porque también son cuadradas las famosas platmynt (literalmente, monedas laminares), piezas muy especiales y características. Ante todo, se trata de monedas económicas por peso y dimensiones, puesto que son las mayores del mundo hechas de cobre. Otra peculiaridad consiste en la iconografía: están contramarcadas en las esquinas, y llevan el equivalente en moneda de plata (sylfmynt). Se trata de monedas de necesidad, o sea acuñadas y utilizadas en momentos de especiales dificultades, y por tanto fabricadas con materiales y técnicas improvisados: no era infrecuente que para producir las platmynt en las cecas de Avesta, Arboga, Ljusmedal, Semlan, Estocolmo y otros centros menores, se utilizara el metal recortado de otras monedas. Se ha dicho que se trata de piezas de necesidad: en efecto, entre 1644 y 1776, las condiciones de Suecia fueron decididamente precarias, aunque con fases alternas. Esos años corresponden a la primera y a la última acuñación de las platmynt. Los suecos hubieron de afrontar no menos de diez guerras en poco más de un siglo, conflictos que en ocasiones duraron varios años. Las primeras platmynt aparecieron bajo el reinado de Cristina, en el poder de 1632 a 1654. Tras el felicísimo reinado de Gustavo Adolfo, Suecia perdió el control del Vístula y los elevados ingresos procedentes de los derechos de navegación. Esta circunstancia, junto con un constante estado de guerra, provocaron una crisis financiera muy grave que condujo al nacimiento del primer ejemplar de platmynt: una pieza de 10 daler, de 19,700 kg de peso, una auténtica monstruosidad (aunque existían de 8 y de 14 kg, de 2 y de 1 daler). Las enormes dimensiones se explican por el principio de que estas monedas de cobre debían respetar el valor nominal equivalente de la plata.

Las klippen danesas

Tras las carestías, las graves dificultades económicas y las guerras, Dinamarca produjo las klippen, monedas de formas diversas, por lo general cuadradas, triangulares y rómbicas, acuñadas en piezas de metal cortado (klippe significa en sueco cortar con tijera). Las primeras de las que se tiene noticia se remontan a las primeras décadas del siglo XVI y corresponden a Cristian, soberano de Dinamarca, y a su antagonista, el sueco Gustavo Vasa. El rey danés logró conquistar Suecia en 1520, pero Vasa, futuro primer soberano de este país, organizó una denodada resistencia. En este difícil momento (de 1519 a 1523), ambos rivales acuñaron klippen, muy probablemente para pagar a las tropas que intervinieron en la lucha. Los recortes llevaban impresos pocos datos: el nombre de los soberanos y la indicación del valor, que obviamente variaba según el peso y el tipo de metal empleado. Las klippen, en efecto, y a diferencia de las platmynt, casi todas de cobre, podían ser de plata y de oro. Cristian de Dinamarca mandó acuñar klippen cuadradas con el cuño redondo. Hay valores de ellas de 14 y 16 pennlng de plata (pero con una ley muy baja) y de cobre de 3 o 4 penning. Estas piezas se llamaban también kongkllpping, o sea monedas cortadas por el rey, quizá para distinguirlas de las de Vasa, que en aquel tiempo aún no era rey.

La rusia de pedro el grande mira a Europa

Mientras en Europa el oro era el principal metal de las divisas (piénsese en el florín, el cequí o el ducado), en Rusia, en tiempos de Iván el Terrible (1533-1584), el precioso metal circulaba sólo en forma de donativo y no como moneda de cambio. El acceso al poder de la dinastía Romanov (de 1613 a 1762 y de 1762 a 1918 como Romanov Holstein Gottorp) cerró un período muy difícil para Rusia, caracterizado por desórdenes, levantamientos internos y dramas como la ocupación de Moscú por los polacos. Fueron momentos muy complicados, en los cuales la moneda no gozó de particular atención.
Sólo en el siglo XVII el gran Estado adoptó una moneda estable y cuidada en la ejecución: el rublo tomó las características del tálero europeo y se convirtió en el eje del sistema monetario ruso, que comprendía también la copeca y la poltina, de cobre. Pedro I el Grande (1682-1725) emprendió profundas reformas que abarcaron todos los campos y todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos y de la organización del Estado. Fascinado por Europa, que conocía muy bien, por los progresos científicos, por la economía y por la política de los países más en vanguardia, Pedro quiso dotar a su imperio de una administración y un ordenamiento social de los más modernos, combatiendo sin tregua las supersticiones y las tradiciones obsoletas.
Naturalmente, un plan tan amplio preveía también una renovación monetaria, que se llevó a cabo mediante la multiplicación de las cecas y la modernización de las técnicas de acuñación. Se intensificó la producción de piezas de metal precioso, y las representaciones se volvieron más refinadas y cuidadas: los retratos de zares y zarinas con atavíos occidentales cada vez fueron más hermosos. Se dedicó mucha atención a los atributos de la soberanía: cetro, orbe y corona, así como majestuosas águilas bicéfalas, testimonios de que se reconocía ampliamente a la moneda su función oficial y de testimonio de autoridad. A propósito de la figura del águila de dos cabezas, característica de las monedas rusas hasta la Revolución de Octubre, tiene sus orígenes en el mundo bizantino, y ya la adoptó Iván III Vasílievich.




Las monedas de los reyes ingleses


Sin duda, el primer término numismático que acude a la mente cuando se trata de Gran Bretaña es esterlina. Este fue, en efecto, el nombre de una de las primeras monedas inglesas que circularon en época medieval: se trataba de una pieza de plata, probablemente acuñada en tiempo de Enrique III (1216-1272), que llevaba el retrato del rey, estilizado y de frente. Es interesante señalar que esta moneda nacional aparece coincidiendo con el ambrogino de Milán y el matapán de Venecia, en un momento en que se da gran importancia y se confiere impulso a las nuevas identidades nacionales, en expansión y fermento tras la disolución del último imperio universal de concepción antigua.

La libra esterlina

Se considera que la palabra esterlina deriva de Easterling, o sea que significa moneda de Oriente, puesto que los maestros de ceca que la acuñaban procedían de tierras orientales, o sea de Alemania y Holanda. Antiguamente, el término designaba tanto la moneda como un peso monetario, y se empleaba sterling refiriéndose tanto al penny moneda como al pennyweight (peso), El penny (plural pence) es la moneda anglosajona más antigua, con todas las características del dinero de origen romano, y se remonta al siglo vni. Anteriores a la aparición del penny son las monedas llamadas sceatte, de sceat o schet, que en la antigua lengua anglosajona tenía diversos significados: plata, valor, oveja y ganado, En casi todos los idiomas, el término genérico dinero se relaciona con la posesión de rebaños: por ejemplo, pecunia deriva del latín pecus, o sea oveja, rebaño, cabeza de ganado. La primera moneda ciertamente inglesa fue acuñada en el año 886 por orden del rey de Wessex Alfredo el Grande: se trata de una tradición más que milenaria. Hoy la palabra esterlina se añade a todas las monedas de curso legal: libra esterlina.

Las monedas de eduardo I

Del siglo XIII, y concretamente del reinado de Eduardo I, entre 1279 y 1285, data una serie completa de monedas de plata: el groat (de un valor de 4 pence), el penny, el medio penny y el farthing, o sea un cuarto de penny. Hasta aquel momento, la producción británica había sido muy sencilla y monótona: se representaba al soberano de manera muy estilizada, de frente o de perfil, característica propia de casi todas las monedas de los pueblos bárbaros, como las celtas o de origen centroeuropeo. Además, como hasta aquellos años las monedas no tenían características muy precisas, y a la vez había necesidad de numerario de bajo valor para las transacciones modestas, la población estaba acostumbrada a fragmentar los pence en varias piezas cuyo valor no se controlaba ni era uniforme. Bajo Eduardo I (1272-1307) se introdujeron otras importantes novedades: ante todo sólo se Indicaron en las monedas los signos de la ceca (y ya no las siglas de los maestros de ceca), La única excepción la constituyó la ciudad de Bury, donde aparece todavía el nombre de Robert de Hadleight. Además, el soberano estableció que los talleres de la ceca londinense tuvieran como única sede la Torre de Londres, y además que garantizaran la autenticidad y la calidad. En el Reino Unido, donde las diversas tribus habían empezado a acuñar moneda antes de la conquista romana, abundaban las cecas: hacia el año mil parece que había 75. Las nuevas condiciones políticas (la conquista normanda del año 1066), unidas a razones de seguridad y calidad, hicieron disminuir poco a poco los talleres, hasta el punto de que hacia el siglo XIV la ceca de Londres era, prácticamente, la única activa. Con Eduardo VI (1547-1553), los escasos talleres, que además trabajaban a ritmo reducido, tuvieron que cerrar y desmontar su maquinaria. De este modo, la ceca londinense quedó como la única activa a efectos oficiales y legales. Las innovaciones introducidas por Eduardo I fueron tan profundas, que sus monedas permanecieron prácticamente incambiadas hasta el 1500. Además, la calidad de tales piezas y la consiguiente buena acogida en los diversos mercados hicieron que proliferaran las imitaciones, sobre todo en Flandes.

El noble de Eduardo III

Las primeras monedas de oro de categoría europea se deben a Eduardo III (1327-1377): en 1346 se emitió el noble, en un sistema que comprendía el medio y el cuarto de noble. La imagen escogida para el anverso es muy hermosa: el rey, con la espada desenvainada y provisto de escudo, gobierna una nave que surca las olas del mar. La escena, muy elaborada y cuidadosa de los detalles, tuvo éxito entre los ingleses sobre todo porque representaba su supremacía marítima. La misma imagen recogía un episodio afortunado de la flota inglesa: la victoria naval de Sluis en 1340. Son muy interesantes las leyendas que acompañan a estos nobles: antes de 1360, año del tratado de paz de Brétlgny con Francia, por el cual el rey renunciaba a sus pretensiones sobre la corona francesa, hallamos los títulos de rey de Inglaterra y de Francia y señor de Irlanda. En las emisiones llamadas Treaty, de 1360 a 1369 (año de la reanudación de la guerra), período de tregua presidido por la acérrima enemistad francesa, Eduardo III abandona el título de rey de Francia. En las monedas aparecen sólo los títulos de rey de Inglaterra y señor de Irlanda y de Guyena, la región francesa de la que los soberanos ingleses eran feudatarios. En las emisiones posteriores a 1369, contemporáneas a la reanudación de la guerra por el trono de Francia, en las monedas de Eduardo III reaparece con todas sus letras rey de Francia. El siglo XV estuvo conmocionado por la guerra contra los franceses y por la contienda civil llamada de las Dos Rosas, que se prolongó 30 años (1455-1485). En esta centuria se sucedieron varios soberanos, pero la moneda inglesa no refleja especiales innovaciones ni cambios: siguen circulando el noble para las monedas de oro, y el penny y el groat como monedas de plata. Las dificultades políticas del momento se reflejan también en la cantidad de la producción, a menudo escasa y poco cuidada. Bajo Enrique IV (1399-1413) la falta de monedas de bajo valor determinó que circulara el soldino veneciano, introducido en Inglaterra merced a los intercambios comerciales, con el valor de medio penny. También aparece la afortunada iconografía del arcángel Miguel matando al dragón, en una moneda, el ángel, destinada a circular durante décadas junto a su mitad, el angelot.

Las monedas del renacimiento

En tiempo de Enrique VII Tudor (1485-1509) concluyó la tradición medieval y dio comienzo la renacentista: en 1489 apareció una de las monedas de oro más prestigiosas de la época, la soberana (sovereign). Esta moneda tenía dimensiones verdaderamente notables (unos 15,55 g) y una ley elevadísima (994/000), elementos que la convirtieron en una de las piezas de oro más buscadas. La iconografía del anverso presenta al rey en el trono, mientras que en el reverso hallamos la característica rosa que presenta en el centro el escudo regio. Enrique VII había tratado de mantener un período de paz para su pueblo, y gracias a medidas económicas y financieras muy meditadas, a su muerte la situación había mejorado decididamente. Durante su reinado se acuñaron muchas monedas de oro: además de los angels y los angelots, los royáis (reales), llamados también nobles de la rosa (rosenoble) porque en estas piezas, muy parecidas a los nobles, con el rey a bordo de la embarcación, destacaba una rosa en el campo. En 1504 apareció la gran novedad: siguiendo la pauta de las monedas renacentistas, también el soberano inglés se manda retratar en las suyas. Nace así el testoon (testón), antepasado del moderno chelín, al comienzo más de ostentación que pensado para circular. En 1507 aparece en el groat el perfil del soberano. Esta innovación se reservó en los primeros tiempos a la producción en plata. Bajo el famoso Enrique VIII (1509-1547), este tipo de moneda se hizo corriente, aunque aquel culto y refinado soberano, auténtico hijo del Renacimiento, inicialmente no modificó el retrato, dejando el de su padre. Durante su reinado, numerosos problemas afectaron a la economía y a las monedas: una masiva circulación de piezas falsas, la plaga del esquileo, la fuga del país de moneda buena y la importación de otra mala, dieron lugar a frecuentes debates parlamentarlos. Entre 1526 y 1544, el cardenal Thomas Wolsey dictó disposiciones para sostener y salvaguardar la moneda: entre otras medidas, se equipararon las monedas inglesas a las extranjeras, sobre todo a las francesas. La llamada corona de oro, de 22 quilates, fue sustituida por otra, la corona de la doble rosa, de 3,69 g de peso. También se introdujo la corona de la rosa, con un título muy elevado y con un valor igual al del escudo francés (3,23 g). La muerte del cardenal Woisey es un claro indicio de la personalidad de Enrique y del carácter inquieto de aquellos años: el prelado murió en prisión, acusado de haber osado incluir su emblema, el capelo cardenalicio, en los gruesos que había mandado acuñar como arzobispo de York. Estas monedas sólo podía acuñarlas el rey, y el episodio causó gran consternación entre el pueblo. Tras este episodio, el rey abolió el derecho de acuñar moneda, concedido a los arzobispos de York, Durham y Canterbury.

Las varias esposas del soberano

Es interesante y original el hecho de que en las monedas de Enrique VIII, famoso por sus numerosas mujeres, además de las iniciales del soberano se hallen también las de la esposa de turno. Los gravísimos problemas económicos que afectaban a la corte impulsaron al rey a bajar cada vez más la ley de las monedas: las de oro, de 958/000 llegaron a 883/000, mientras que para la plata la proporción de fino se precipitó de 771/000 a 333/000. En aquellos años aparecieron también el cuarto de ángel (1,29 g), y en 1544, un testón con una preciosa imagen de Enrique VIII, de 7,77 g de peso. Verdaderamente excepcional, este retrato del rey se asemeja mucho al famosísimo que le hiciera el pintor Holbein: el soberano aparece entrado en años; los rasgos, que acusan cierta obesidad, están ennoblecidos por una barba cuidada; la corona y la indumentaria suntuosa son propias de un hombre refinado, habituado a los lujos de una corte cuidadosa de las formas.
Lo curioso es que la moneda refleja esa última característica: si el retrato, obra del grabador Thomas Wrothesley, es muy hermoso, no es menos cierto que la moneda contenía poca plata y mucho cobre, hasta el punto de que las parles en relieve del retrato perdían muy pronto su brillo. El pueblo empezó a llamarla por este motivo vieja nariz de cobre. Especulando con la diferencia entre valor nominal y valor real, al parecer la corona obtuvo grandes ganancias, pero en realidad, a la muerte del rey el Estado se halló en una situación de terrible endeudamiento.
Durante el reinado de Eduardo VI (1547-1553), además de estar en circulación monedas de buena calidad junto a otras deficientes, coexistían piezas con el retrato de Enrique VIII y del jovencísimo Eduardo, todo lo cual creaba una situación muy confusa. Las monedas de Eduardo estuvieron caracterizadas por una fuerte impronta religiosa y por un elemento peculiar: la fecha, que, por vez primera en Inglaterra, apareció en las nuevas emisiones (1548).
Una moneda digna de especial atención es una pieza de plata, de peso verdaderamente notable (31,10 g), aunque de ley más bien baja (687/000). Representa en el anverso al rey a caballo, con la fecha bien visible debajo. En aquellos años aparecieron también, por vez primera, monedas de valor fraccionario: el sixpence y el threepence. Hay unas hermosas monedas con el retrato de la reina María I la católica (1553-1558), esposa del futuro Felipe II de España: según la usanza de las monedas españolas, en los chelines y en los sixpence de plata hallamos retratos enfrentados de ambos soberanos. En estas monedas son numerosas y evidentes las menciones a la religión católica, que dichos soberanos intentaron en vano de reintroducir en Inglaterra.

Las monedas más ricas

Bajo el largo y afortunado reinado de Isabel I (1558-1603), Inglaterra produjo una serie de monedas que se cuentan entre las más bellas y ricas de su historia. Soberanas, royal, angelot (con su mitad y su cuarto), todos de oro, presentaban una pureza casi absoluta (23,3 quilates). Las demás monedas de oro estaban hechas con el llamado oro de la corona, o sea que tenían un título de 22 quilates. Eran también muy numerosas las emisiones de plata, algunas de un tálero, un valor sumamente difundido, enriquecidas con hermosísimos perfiles de la reina. También en Inglaterra se introdujeron en estos años importantes innovaciones técnicas, de tal manera que la producción en nombre de Isabel puede dividirse en dos categorías: las batidas a martillo (hammered) y las acuñadas mecánicamente (milled coinage). En 1560 llegó de Francia una máquina que se movía con la fuerza de los caballos, y cumplía la función de preparar las láminas de metal antes de la acuñación propiamente dicha.

De Inglaterra a Gran Bretaña

En las monedas de Jacobo Estuardo (1603-1625), sucesor de Isabel, se refleja claramente el proceso de unificación de Escocia, Inglaterra e Irlanda. Las leyendas dan constancia con orgullo de este importante momento histórico y lo subrayan: hallamos, en efecto, el significativo título de Magnae Britanniae rex, o sea rey de la Gran Bretaña; y leemos la inscripción RACIAM EOS IN GENTEM UNAM (los convertiré en un solo pueblo) y la invocación TUEATUR UNITA DEUS, una fórmula para invocar sobre el pueblo unido la bendición divina (las monedas de oro de 20 chelines con esta leyenda se rebautizaron unites). Por desgracia, las dificultades económicas provocaron, también en este caso, una rebaja en el peso, y la unite de oro llegó a pesar 9,09 g frente a los 11,14 originales. En estas monedas se halla un hermoso retrato del rey clñendo la corona de laurel. De estos años es otra innovación consistente en la adopción de algunos símbolos que señalaban el origen del metal y las minas de las que éste procedía (para representar las minas de Gales, por ejemplo, se grababan unas plumas).
Carlos I (sucesor de su padre en 1625) hubo de hacer frente a uno de los períodos históricamente más difíciles de Inglaterra, una crisis que fatalmente tuvo repercusiones en las monedas: las emisiones de oro se vieron disminuidas en medida notable, aunque la belleza del retrato presente en estas piezas parece dar a entender que, en lo cultural, el país seguía siendo muy rico en fermentos, y encrucijada de artistas de gran valía. El autor de estos refinadísimos retratos es un francés, Nicolás Briot, grabador en París y excelente conocedor de las técnicas de acuñación. La guerra civil condicionó grandemente la historia de Inglaterra y su producción monetal. El país quedó desgarrado en dos, incluso en lo relativo a la emisión de numerario: el Parlamento continuó la producción en la Torre de Londres sin introducir cambios significativos, mientras el rey, huido de la capital, mandaba abrir cecas y acuñar moneda en las diversas ciudades en las que se detenía. Las piezas, una vez más, se convirtieron en soporte de proclamas, en caja de resonancia de las distintas posiciones de los protagonistas de la historia: en sus chelines, llamados más tarde de la Declaración, Carlos I condensó en pocas y abreviadas palabras su juramento en favor de la religión protestante, su fidelidad a Inglaterra y su lucha por un Parlamento libre (Religio Protestantium Leges Angliae & Libertas Parliamenti). Detalle interesante es que estas monedas pueden considerarse a todos los efectos de necesidad, puesto que se acuñaron con plata procedente de vajillas y cuberterías. En este período, muchos de los que se mantuvieron fieles al rey se vieron obligados a obtener monedas a partir de los objetos más dispares y de los materiales más impensables, pues era preciso pagar a las tropas, y suministrar fondos a quienes se hallaban aislados por as milicias adversarias. A menudo, en las propias leyendas de estas monedas, improvisadas y mal grabadas, se encuentra la señal del momento de gravísima dificultad atravesado por el país en aquellos años: por ejemplo, DUM SPIRO SPERO, o sea, aunque estoy muriendo, mantengo la esperanza.

Los estuardo y los hannover

En 1649, tras la calda de la monarquía, se decidió adoptar un nuevo aspecto para las monecias, más en consonancia con el nuevo régimen republicano: se adoptó la cruz de san Jorge dentro del escudo, a veces unido a otro escudo con el arpa, símbolo de Irlanda. Además, por vez primera la leyenda apareció en inglés (GOD WITH US). Al regresar los Estuardo (Carlos II, 1660-1685) reapareció el retrato del soberano en el anverso, mientras que en el reverso se colocó el escudo coronado. En 1662 se operó una notable renovación de las técnicas de acuñación, que se concretó sobre todo en la claridad de las leyendas y en el canto, a fin de evitar el esquileo y, con él, la desvalorización de las monedas, una plaga que había perjudicado mucho las emisiones inglesas. En 1663 nació la guinea, una moneda de oro equivalente a 20 chelines (existen también guineas dobles y quíntuples). Las monedas de Carlos II son muy hermosas, y apenas desmerecen de las de su sucesor Jacobo II (1685-1688), en las que prácticamente cambia tan sólo el retrato. Entre finales del siglo xvn y principios del xvin, se difunde un reverso bastante interesante: lleva los escudos de Inglaterra, Francia, Escocia e Irlanda dispuestos en cruz.
Con Jorge I (1714-1727) se inicia la dinastía de los Hannover, pero este cambio, tan importante en tantos aspectos, no tuvo especiales repercusiones en la producción monetal inglesa. Nos hallamos a finales de siglo, en una coyuntura que, introduciendo importantes innovaciones y abriéndose a unas monedas más propiamente modernas, tendrá numerosas repercusiones en la política económica de Inglaterra.




Las monedas de los reyes de Francia


Tras la disolución del reino carolingio (siglo X), el derecho de acuñar moneda, en teoría exclusivo del rey, comenzó a ser ejercido por condes, abades y obispos. Esta difusión es el testimonio de un período de anarquía y de vacío de poder. Bajo los Capetos, los tipos de las monedas fueron en gran parte los mismos que los carolingios, aunque con el tiempo se consolidaron cada vez más los motivos iconográficos originales, que tendían a caracterizar los distintos municipios: la cabeza de san Mauricio en Vienne, de san Marcial en Sauvigny, el bustorelicario del mismo santo en Limoges, los bustos de varios obispos mitrados y la llave de Cluny. Sólo con Felipe II Augusto (años 1180-1223) se inicia una moneda real en la plena acepción de este concepto.

Felipe II augusto y luis XI el santo

Durante los primeros años del reinado de Felipe II Augusto se continuó la acuñación con carácter local de sus predecesores. Los éxitos alcanzados por Felipe II sobre Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra por la reconquista de las regiones francesas, le permitieron imponer un poder centralizado. Estas afortunadas circunstancias llevaron a la creación de nuevas monedas, destinadas a circular en el interior del reino como divisa corriente. Se trata de dos tipos de dinero de plata, llamados respectivamente parisis y tornes, emitidos en un sistema que comprendía otros muchos numerarios. Estas acuñaciones Indican el renacer de un renovado espíritu nacional y la voluntad de reconstruir los sistemas unitarios que habían caracterizado el mundo carolingio. No es casual que Felipe II adoptara como enseña militar la oriflama, que fue estandarte de Carlomagno y símbolo de su Imperio.
La segunda mitad del siglo XIII vio el retorno de Luis IX el Santo de la VI Cruzada (1248-1254), y se caracteriza por una reforma monetaria, expresión de un gobierno prudente y de una adecuada política financiera: así reaparece en Francia, después de muchas décadas, la moneda de oro. El escudo de oro de Luis IX apareció en 1266 y tenía el valor de diez sueldos torneses. Hoy se conocen poquísimos ejemplares, de una simplicidad iconográfica destinada a tener gran fortuna: en el anverso hallamos un escudo (de donde deriva el nombre de estas monedas) con pequeños lises estilizados en el interior de una cenefa polilobulada (formada por semicírculos). En el reverso, una cruz terminada en motivos florales está rodeada por cuatro lises. La flor de lis es un símbolo que en su origen indicaba devoción a la Virgen María, difundido en muchísimas monedas francesas de todas las épocas, y ya presente en sellos y estandartes de los predecesores de Luis IX. También las leyendas de las monedas acuñadas en tiempos del rey santo indican claramente el carácter religioso que el soberano deseaba imprimir a todas las manifestaciones de su reinado, incluidas las monedas. Es muy interesante señalar que las monedas de este período presentan una elegancia en el grabado que corresponde a la gran tradición contemporánea en el campo de la miniatura y la orfebrería. Otro factor sumamente valioso y significativo es la coincidencia, por supuesto no casual, de las fechas en que aparecen el escudo francés, el florín de Florencia y el augustal de Federico II en Italia meridional, en un renacimiento de la moneda de oro que subraya una significativa renovación en el interior de los sistemas económicos y políticos de Europa.

La nueva iconografía

Hacia finales del siglo XIII, aparece una nueva iconografía que tendrá mucho éxito y será particularmente querida y adoptada en Francia: la escena del rey sentado en el trono, detalle que experimenta diversos cambios en el transcurso de los años y de las dinastías (en 1328 se extingue la dinastía de los Capetos y la corona pasa, hasta 1498, a la Casa de Valois). El trono representado en estas monedas ofrece al principio las características de la silla curul, el asiento de los altos magistrados romanos. Bajo algunos soberanos el sitial aparece adornado con cabezas de león. En algunas series de monedas el trono se convierte en una silla gótica, con el respaldo erizado de agujas, mientras que en oYias e\ rev permanece sentado en el interior de un pabellón decorado con tapices. Hacia 1311 aparece el cordero de oro, caracterizado por la figura del cordero pascual aureolado. En tiempo de Juan II el Bueno (1350-1364), Francia se precipitó en el caos: las guerras contra Inglaterra y una contienda civil condujeron inevitablemente a una situación financiera desastrosa que sólo se restableció en 1360 a raíz de la Paz de Brétigny. No obstante, las monedas de oro continuaron, con varias emisiones. Precisamente de estos años data la primera moneda con el muy afortunado y longevo nombre de franco. Se trata de un grueso blanco que lleva en el centro la palabra iFRANC, abreviatura de francorum rex. Ya en tiempos de Luis VII el Joven (años 1137-1180) existían monedas que llevaban esta leyenda y la flor de lis (que el pueblo llamaba pata de oca). Pero sólo en 1360 el nombre franc pasó a la nueva moneda de oro. En tiempo de Carlos V el Sabio (1364-1380), regente de su padre Juan el Bueno, prisionero de los ingleses, se acuñaron el franco a caballo y el franco a pie. Los dos bellísimos tipos de oro fueron muy imitados. El franco a caballo presenta la peculiar imagen de un jinete al galope, con la espada desenvainada. Montura y jinete muestran un gran dinamismo: el movimiento lo sugieren sabiamente los ropajes al viento, y el yelmo con visera otorga al noble un aire misterioso y fantástico, de jinete del Apocalipsis. El franco a pie (1365) presente al rey derecho, con espada y cetro, vestido con la cota real punteada de lises bajo un arco de factura gótica.
En tiempos de Carlos VI el Bienamado (1380-1422), la confusión política era insuperable: se desencadenó una furiosa lucha entre los duques de Borgoña y Orleans, regentes del rey, afectado por un ataque de locura. La derrota francesa en Azincourt (1415) provocó gran confusión política y económica, además de la ocupación de París y el paso de Normandia a manos de Enrique V de Inglaterra. Todo esto tuvo graves repercusiones en la producción numismática. De este período recordemos, entre otras cosas, el escudo de oro de la corona (1385-1388), el cordero de plata (1417) y el saludo de oro de 1421 en el que aparece por vez primera en Francia la escena de la Salutación angélica, el momento en que la Virgen recibe la Anunciación, tema que ya hallamos en las monedas napolitanas de Carlos I de Anjou (1266-1285). No deben olvidarse las monedas de Normandia, donde Enrique V de Inglaterra efectuó acuñaciones como heredero del trono de Francia.
Durante el reinado de Luis XI (1461-1483), con Francia recién salida de la larga guerra contra los ingleses, Juana de Arco reavivó con su ejemplo el sentimiento nacional de los franceses, y si bien lentamente, se inició una guerra de liberación de los territorios aún ocupados por los ingleses. Poco a poco, el reino fue reconstituido y reorganizado, se trazaron las fronteras, y el comercio se incentivó y se reforzó. A esta renovada atención a los intercambios mercantiles contribuyó la unificación de las pesas y las monedas, así como una abundante producción monetaria, a cargo de 24 cecas destinadas a crecer con el tiempo.

El escudo de oro del sol

En la situación descrita, se creó el escudo de oro del sol, de 3,5 g de peso (con un título de 963/000), la moneda más importante de cuantas circulaban en las ferias y en los mercados mayores. Se trataba de una moneda muy parecida al ampliamente difundido escudo de oro de la corona, y se caracterizaba por un pequeño sol radiante sobre el escudo coronado. Hallamos una amplia variedad de tipos monetales destinados a recuperar la credibilidad y la difusión en los mercados: el ángel, la imagen de san Miguel matando el dragón (que aparece coincidiendo con la creación de la orden dedicada al santo, en recuerdo de la defensa del Mont Saint Michel contra los ataques ingleses), el escudo de oro de la corona y un escudo de oro para el Delfinado. También es muy rica la producción de plata, la mayor parte de la cual es de bajo contenido de metal noble. En general, las monedas de este período están más cuidadas que las del anterior, aunque, indudablemente, acusan todavía un gusto medieval por los motivos heráldicos. Las monedas francesas de este período se caracterizan por un complicado sistema para dar cuenta del taller y del maestro de ceca: se trata del llamado punto secreto, un minúsculo símbolo colocado sobre una letra de la leyenda, que es preciso analizar y escrutar con la mayor atención. Bajo Carlos VIII (1483-1498), la corona francesa obtuvo también Bretaña (1491), y así, en las monedas aparecieron los armiños, enseña heráldica de esta región. Durante el reinado de este soberano se produjo asimismo la ocupación de Ñapóles, que Carlos VIII reclamaba como descendiente de los Anjou, y donde permaneció por breve tiempo. La campaña de Italia fue muy provechosa por los contactos directos con el Renacimiento. Luis XII (1498-1515) estaba muy vinculado a Italia: era ya señor de Asti, y una vez convertido en rey de Francia ocupó Génova y Milán. En las monedas de este soberano, en general parecidas a las de su predecesor, aparece el puercoespin, emblema de los Orleans, animalito que da nombre al escudo del puercoespin. En 1514 se acuñó el primer testón de plata francés, con el que Francia se alineaba con las monedas italianas del Renacimiento por peso y tipos. El mismo rey Luis consiguió hacer acuñar monedas de plata con su retrato en las cecas de Asti, Milán, Génova y Savona.

Un gran mecenas

Con Francisco I (1515-1547), Francia tuvo un verdadero soberano renacentista, que amaba el arte y la literatura y se rodeaba de artistas y de hombres de cultura. El rey consiguió animar el comercio interior, apoyar el nacimiento de nuevas actividades y adecuar la producción monetaria a las nuevas y cada vez más urgentes exigencias de una buena divisa. Precisamente en aquellos años, la enorme circulación de metales preciosos procedentes del Nuevo Mundo creó una gran inflación, que muy pronto llevó a una vertiginosa intensificación de las actividades de los falsificadores. Esto no impidió que durante el reinado de Francisco I la producción monetal conociera un momento de particular pujanza: recordemos la reforma financiera de 1540, el gran impulso dado al testón, producido al principio con un título elevadísimo, 958/000 (a partir de 1521 descendió a 899/000), con un peso de 9,59 g y con una variedad de retratos y una aceptación verdaderamente dignos de una gran potencia económica, además de política y militar. El estilo no es en verdad digno de los grandes artistas que frecuentaron la corte y residieron cerca del rey (Leonardo da Vinci, Benvenuto Cellini), pero las monedas de este período revelan de todos modos un particular cuidado, como demuestra la reforma de 1540: considerando poco claro y legible el sistema de los puntos secretos (que por lo demás continuaron siendo utilizados), se decidió que cada taller estuviera caracterizado por una letra en el exergo, sistema que se ha mantenido hasta nuestros días (por ejemplo, la letra de la ciudad de París es la A, la que designa Burdeos es la K, la M corresponde a Toulouse, y Estrasburgo viene caracterizado por dos B extrañamente ligadas). Otra disposición prevista por la reforma era que todas las pruebas debían efectuarse en París, en la Chambre des Monnaies. El sistema de Francisco I comprendía escudos y medios escudos de oro (que en el reverso presentan una cruz acompañada de coronas o de grandes F), testones, docinas, sextinas, liards (de aleación blanca), dobles torneses y torneses (de aleación negra). Entre las novedades, la decina y las piezas de la crucecita o de la cruz blanca. El símbolo de este soberano era la salamandra, que aparece en sus monedas.

La acuñación mecanizada

En tiempo de Enrique II (1547-1559), y más concretamente a partir de 1551, se introdujo en París un nuevo sistema de acuñación mecanizado, con la utilización de un laminador (máquina que reduce el metal a una lámina uniforme), de una cortadora para obtener piezas regulares y de una prensa de tornillo para conseguir una acuñación más precisa y bien centrada. El taller se situó a orillas del Sena (donde hoy se encuentra la plaza Dauphine), a fin de aprovechar la fuerza motriz de la corriente. Los resultados fueron muy positivos: las monedas de Enrique se cuentan entre las más hermosas de finales del siglo XVI, y su factura es Inmejorable. Entre las innovaciones de estos años, cabe recordar la introducción del canto trabajado, expediente muy útil para hacer desistir de la práctica del esquileo. En 1600 el molino de las monedas se trasladó al Louvre, donde unos grabadores de indudable competencia y notable valía se dedicaron con denuedo a la producción de monedas y medallas para la familia Borbón. En 1640 Luis XIII (1610-1643) introdujo el luis de oro (moneda de unos 6,75 g) y el luis de plata o escudo blanco (equivalente a 60 sueldos), con sus submúltiplos de 30,15 y 5 sueldos. Sólo con el Rey Sol, Luis XIV (1643-1715), se trató de uniformizar seriamente las monedas francesas: coexistían en efecto producciones basadas en diversos sistemas, y fuera de París las monedas aún se acuñaban a mano.
En 1648 se ordenó la supresión de las antiguas monedas (aunque sólo en 1752 desaparecieron efectivamente las antiguas piezas), y en 1653 apareció un tipo, el lirio de oro, de 7 libras, y el de plata, de 20 sueldos, con sus submúltiplos. El Rey Sol llevó a cabo cuatro reformas monetarias, que apuntaban a obtener beneficios del lanzamiento al mercado de piezas nuevas, reacuñadas sobre las viejas ya retiradas de la circulación. Es hermosa la producción de Luis XV (1715-1774), muy cuidada y refinada, con una atención acaso excesiva al lujo y a las apariencias, que costaría cara a su sucesor, Luis XVI (1774-1792), guillotinado en 1793: nos hallamos ya en puertas de la Revolución francesa, con los profundos cambios que determinó, como se pondrá de manifiesto en la posterior producción numismática.




Primeras monedas de los Saboyas


El origen concreto de la familia Saboya sigue siendo incierto. Parece que estos nobles descienden de un legendario Beroldo, duque de Sajonia, o bien de Berengario II. En el primer caso, los Saboyas tendrían su origen en el muy prestigioso Sacro Imperio Romano, y en el segundo se trataría de una estirpe enteramente italiana. En cualquier caso, nos hallamos ante una familia feudal, de antiquísimos orígenes y destinada a adquirir amplia notoriedad y gran peso en la Italia moderna y contemporánea. En realidad, aunque la historia de los Saboyas está estrechamente ligada a las vicisitudes de la historia italiana, Saboya es una región transalpina, y si bien el antepasado más remoto se identifica como Humberto Biancamano, que vivió en las primeras décadas del siglo XI, sus sucesores alcanzaron una Importancia territorial y política que permaneció bastante limitada durante largos años.

El inicio de la expansión dinástica

Sólo con Amadeo V (1285-1323), llamado el Conde Grande, la familia inició su ascenso, y finalmente con Amadeo VI (1343-1383), llamado el Conde Verde, por su color preferido, la dinastía se engrandeció y obtuvo un poder estable y significativo en el Piamonte, gracias también al título de vicario imperial recibido en 1365. El Conde Rojo (1383-1391), hijo del anterior, consiguió arrebatar Niza a los Angevinos (1388), obteniendo una importantísima salida al mar y un territorio bastante considerable que se extendía desde la pequeña y aislada Saboya hasta la costa provenzal, a través de parte del Piamonte. Con Amadeo VIII el Pacífico (1391-1434), la dinastía atravesó un momento de especial prestigio y esplendor, sancionado por la concesión de los títulos de duque de Saboya (1416) y del Piamonte (1418) por voluntad del emperador Segismundo de Luxemburgo, rey de Hungría. Después de la muerte de Amadeo VIII, habría que aguardar a la segunda mitad del siglo XVI para que la dinastía de Saboya recuperase los fastos del pasado, y pudiera imponerse de nuevo como potencia política capaz de constituir el fiel de la balanza de las luchas y enfrentamientos que afectaron al conjunto de la Península.

Las primeras monedas de la dinastía

Las monedas medievales de los Saboyas están caracterizadas por los nombres más extraños y curiosos: denari forti, grossi y viennesi (de Vienne, en el Delfinado francés), bianchi, dozzini, parpagliole, denari escucellati (de escucellum, palabra latina que significa pequeño escudo y designa el escudo que aparece en el reverso), forti aquilati. viennesi neri, oboli di bianchetto… Son muy interesantes los tipos que aparecen con los años y caracterizan las monedas de los Saboyas. Algunos han sobrevivido hasta tiempos muy recientes. A partir de 1221 se incorpora el águila: si este símbolo, tan utilizado, representa durante cierto período a los partidarios del emperador, con la decadencia del prestigio imperial cada vez se configura más como símbolo de un soberano, de una nación. Las variantes son numerosas. En los grossi de plata aparece en vuelo bajo (o sea, con los extremos de las alas vueltas hacia abajo), a veces se presenta bicéfala (con dos cabezas) o monocéfala. Muy pronto se muestra también la cruz entre los tipos del reverso, muy adecuada para expresar los ideales de las cruzadas y probablemente adoptada por los Saboyas porque era símbolo de san Juan Bautista, protector de su región de origen y del Piamonte. La cruz, muy común en estas monedas, también inscrita en un escudo, sufre numerosas variantes, añadidos y adornos, como se ve en algunos forti de aleación acuñados bajo Eduardo el Liberal (1323-1329): estas monedas presentan el escudo con la cruz coronada por una espuela de cinco radios, muy semejante a una estrella. Esta estrella, que no era tal, se exhumó al cabo de siglos, y se integró en el escudo de los Saboyas, para transformarse por último en el stellone o estrella que se sitúa sobre la alegoría femenina de Italia.
Entre las variantes de la cruz en las monedas de las primeras décadas del siglo XV, se halla la trilobulada, muy decorativa. Pero conviene distinguir entre la cruz incluida en el escudo, propia de las armas de los Saboyas, y las demás formas, que pueden ser símbolos de devoción, de pertenencia al mundo cristiano o que sencillamente servirían tan sólo para dividir en cuartas partes el campo de la moneda. Bajo Aimón el Pacífico (1329-1343), las monedas de los Saboyas dieron un salto cualitativo, pues el soberano llamó a la corte a algunos maestros de ceca florentinos, que aportan un enriquecimiento, con su prestigiosa e indiscutida habilidad y con su experiencia. Ello da testimonio de que las monedas ya se consideraban una importante y reconocida tarjeta de visita, el espejo del florecimiento y de la estabilidad de un Estado. Bajo el Conde Verde, Amadeo VI, aparece por vez primera, en el anverso de las monedas, el tipo del escudo inclinado, con casco, cimera y lambrequines (revuelos de paños que servían de adorno), una iconografía adoptada desde hacía tiempo, también en la variante que presenta la cimera con las fauces del león alado mordiendo el yelmo. Asimismo en tiempo de Amadeo VI se fundó la orden de la Annunziata. En el collar en el que se confiere solemnemente esa distinción aparece por vez primera el lema FERT, característico de todas las monedas de los Saboyas y de interpretación controvertida. Otro elemento emblemático de la dinastía es el nudo de amor, que aparece con carácter estable desde los primeros años del siglo XV.

La “numero uno” de los saboya

La historia monetaria de los Saboya comienza muy pronto: hay quien sostiene que el propio fundador, Umberto Biancamano, acuñó durante su reinado un dinero de plata. Se trata de una moneda muy pequeña (poco más de 1 g de peso y 17 mm de diámetro), de ejecución más bien tosca, de plata. Lleva en el anverso una cabeza de perfil, mirando a la izquierda, rodeada por la inscripción “SENUANNIS” (san Juan), y en el anverso una cruz. Los especialistas siguen discutiendo apasionadamente acerca de esta moneda: ¿de veras fue acuñada por el primer dinasta de los Saboya, Umberto Biancamano, o debe atribuirse al conde Oddone, su nieto, o, como sostienen otros, a Adelaide, la decidida y hábil esposa de Oddone? No es una simple cuestión de nombre, pues los tres personajes cubren un período de casi 70 años (de 1026 a1091), y por tanto seria muy útil establecer con exactitud quién autorizó la acuñación, afin de averiguar de modo preciso su cronología. De lo que no cabe duda es de cuál fue la ceca. Se trata de una pieza fabricada en Aiguebelle, una localidad de Moriana, región de Saboya, seguramente la más antigua ceca de la dinastía (y también su feudo más antiguo). La hipótesis más acreditada es que, aquel dinero se acuñó bajo Oddone: algunos documentos afirman que la ceca de Aiguebelle no inició su actividad hasta los alrededores del año 1060, y precisamente con dineros del tipo descrito. Pero otros especialistas excluyen que monedas semejantes hayan sido acuñadas alguna vez por los Saboya. Más allá de cualquier disquisición docta y profunda sobre el tema, la verdad es que faltan datos seguros para una atribución definitiva.

FERT Y NUDO DE AMOR

Unas pocas letras y un sencillo y armónico entrelazo se convierten bien pronto en símbolos por antonomasia de la familia Saboya, importantes por su significado, su historia y porque son fácilmente reconocibles y atribuibles a la autoridad y el prestigio de la dinastía. El exacto significado de FERT no es seguro, aunque resulta muy probable que se deba remitir a una voz del verbo latino ferré, que, entre otros muchos, tiene el significado de soportar. Puesto que el lema aparece a la vez que se crea la orden de la Annunziata, distinción reservada a los caballeros que deben soportar toda adversidad y padecimiento en nombre de la Virgen María, la interpretación en este sentido parece la más correcta. En el collar de la orden aparecen nudos formalmente idénticos a los nudos de amor, que simbolizan la total dedicación a María, el ofrecimiento a ella como humildes y devotos servidores, pues los caballeros de la orden la toman como modelo de conducta. La leyenda pretende que los nudos de amor tienen su origen en un hábito especial que vistió Amadeo VII en 1390, durante un baile de disfraces moriscos: en aquella ocasión, su jubón estaba completamente recamado de flores y de nudos tejidos de oro.




Las primeras monedas pontificias


Si en parte del antiguo Reino de Italia (regiones septentrionales y Toscana) la realidad política, social y económica había nacido y había evolucionado rápidamente a partir del año mil, la disolución de Sacro Imperio Romano había dejado Roma y su territorio en una dramática situación de incertidumbre política: las familias nobles combatían entre ellas, y pretendían elegir o destronar a los diversos pontífices a su antojo y en vertiginosa sucesión.

Las relaciones con la aristocracia

La moneda pontificia regular se inició con el papa Adriano I (años 772-795) y está caracterizada por emisiones de calidad más bien tosca y de escaso valor, que adoptan la iconografía bizantina, hasta aquel momento incorporada por las monedas de Roma. No es casual que las monedas papales presenten durante muchas décadas el nombre del pontífice en el anverso y el del emperador en el reverso. Adriano I pidió ayuda a Carlos (el futuro Carlomagno, fundador del Sacro Imperio Romano) contra los lombardos, y León III (años 795-816) coronó a Carlos emperador. Mientras duró el reino carolingio, el papado tuvo en la figura imperial un sólido aliado. En el transcurso de las luchas entre el pontífice y la antigua nobleza, la moneda permaneció sustancialmente congelada en tipos y siglas de una monotonía que, si bien puede parecer una contradicción, refleja con exactitud la grave crisis política del momento, Nadie consiguió afirmar su autoridad de manera tan definitiva que dejara huella en las monedas. Entre el final del año mil y el inicio del siglo Xll, Roma atravesó un período de gobierno municipal, de carácter aristocrático (o sea, formado sólo por nobles), que a su vez fue derribado por un gobierno más democrático (año 1143), constituido por un consejo denominado Sacro Senado y por un magistrado supremo llamado patricio. El Senado acuñó monedas desde los años 1184 a 1250. Están caracterizadas Qgrja adopción de la antigua fórmula Senatus populusque romanus y por la ausencia de nombres propios. En el anverso es frecuente la figura del león, y en el reverso, la personificación de Roma tocada con diadema. Estos tipos permanecieron durante la ocupación de la ciudad eterna por Carlos de Anjou (1266), el cual, aun no proponiéndose cambiar una iconografía ya consolidada, no dejó de inmortalizar su nombre en la leyenda del anverso. La historia de Roma en aquellos años está llena de vicisitudes. Varios pontífices se vieron obligados a abandonar la ciudad: en el año 1145 Eugenio III se trasladó a Francia, el francés Clemente IV murió en Viterbo, y Celestino V fue consagrado en l’Aquila en 1294, y luego se trasladó a Ñapóles, a la corte de Carlos de Anjou. Tras la ocupación de este último, Roma pasó a manos de una oligarquía de nobles (Caetani, Orsini, Colonna, Savelli, Annibaldi, Stefaneschi…) que se repartió el poder de manera perversa y negativa para las arcas del Estado. En el año 1113, Viterbo se convirtió en capital del Patrimonio de San Pedro, y a partir de 1257, en residencia de los pontífices. Precisamente en Viterbo se inauguró en 1266 una ceca que inició su actividad con la producción de grossi paparini. Se trata de piezas muy pequeñas, de aleación, que presentan en el anverso las llaves de san Pedro estilizadas, y en el reverso una cruz. Las leyendas son, respectivamente, BEATI PETRI y PATRIMONIU (Patrimonio de San Pedro). El nombre de estas monedas pretendía subrayar la diferencia entre esta emisión papal y la del Senado de Roma, constituida por grossi.

Una sede vacante durante tres años

Bajo el pontificado de Urbano V (1362-1370) se inicia la auténtica serie papal: en 1377 concluye la llamada cautividad aviñonesa (1305-1377), pero antes (1367) se había hecho una tentativa de restaurar la sede pontificia en Roma. En las monedas de Urbano V se lee FACTA IN ROMA, a fin de subrayar la renovada superioridad temporal de la Iglesia romana. Se inicia así un período de indiscutido poder político del papado, que se reflejará en monedas de altísimo interés histórico y artístico, que hallarán en el Renacimiento su más lograda forma, expresión de la renovación cultural que atravesó toda la Península.
En la ceca de Viterbo no sólo se acuñaron los primeros paparini, sino también las primeras monedas de una sede vacante. A la muerte de un pontífice, el solio queda vacante hasta que haya sido convocado el cónclave (literalmente, la estancia cerrada con llave, el lugar donde se reúnen los cardenales) para elegir al nuevo Papa. A la muerte de Clemente IV (1268), los cardenales, retirados en cónclave, se dedicaron a elegir el nuevo pontífice.
La reunión duró meses sin que los partidarios de Carlos de Anjou y sus contrarios lograran un acuerdo. Transcurrieron tres largos años (la sede vacante más prolongada de la historia de la Iglesia), hasta que en 1271 fue designado Teobaldo Visconti, que tomó el nombre de Gregorio X. En los años de sede vacante, los gastos de la corte pontificia fueron muy elevados, y el camarlengo ordenó la emisión de paparini a fin de cubrir el dispendio. El camarlengo es el cardenal a quien corresponde convocar el cónclave. Como es también el ministro de Finanzas de la curia y el jefe del erario, tiene la facultad de emitir monedas y medallas con su escudo mientras dura la sede vacante. Desde aquel lejano siglo xm, ha habido al menos 40 sedes vacantes en cuyo transcurso se han emitido monedas y medallas, salidas de diversas cecas: además de la de Roma, podían ser habilitadas las plazas de Aviñón, Bolonia, Ancona, Macerata, Fano, Montalto y Ferrara.
Tras la sede vacante de 1268-1271, caracterizada por los paparini de Viterbo, en 1378 se optó por la ceca de Aviñón, que acuñó un duplo (o sea dos denarl) de aleación, moneda pequeña pero de gran valor histórico, pues por vez primera alude de manera explícita al momento de su emisión, en la leyenda SEDE VACANTE. A partir de 1521, año de la muerte de León X, las emisiones de las sedes vacantes, hasta entonces bastante irregulares, adquieren el carácter de registro preciso del paso de un pontífice a otro. Desde aquel año aparece la iconografía que sigue caracterizando las monedas de la sede vacante: las llaves cruzadas coronadas por el pabellón bajo el que aparece el escudo del camarlengo. Otra figura muy hermosa y emblemática de estas monedas y medallas es la paloma rodeada de rayos, que sobrevuela una lluvia de lenguas de fuego, clara remisión a las virtudes del Espíritu Santo, invocadas en el cónclave a fin de propiciar una sabia e iluminada elección del nuevo pontífice.

El origen del poder temporal

El poder temporal (o sea el poder terrenal y político) de los papas tiene sus orígenes en tiempos muy remotos, y a menudo ha sido alimentado y justificado por leyendas, para sostener las cuales incluso circulaban documentos. Desde los tiempos de la ocupación de suelo itálico por lombardos y bizantinos, la Iglesia constituyó un importante punto de referencia, y no sólo religioso, para los habitantes vejados por gobiernos despóticos y obtusos. Los obispos de las diversas ciudades hubieron de ejercer funciones puramente civiles y laicas, como la administración de justicia, la defensa de las murallas de su ciudad y la gestión de las finanzas locales. Además, los hombres de Iglesia hubieron de ocuparse muy pronto de la buena administración de los donativos que se acumulaban en las arcas pontificias. La difusión del cristianismo había dado lugar a una buena organización que. en un momento de enorme incertidumbre, constituía un ejemplo de orden no sólo moral y religioso. Mientras que políticamente, en teoría, la Iglesia reconocía como legítima su dependencia de Bizancio, a partir del siglo VI el clero comprendió que para poder ejercer con plena libertad su autonomía religiosa y su papel de guía moral, era también necesaria la independencia política. Cuando el lombardo Liutprando, alzándose en armas contra el gobierno bizantino, ocupó Narni, cerca de Viterbo, el papa Gregorio II (años 715-731), consciente de su prestigio y su poder, logró detener el avance del ejército bárbaro, y merced al gran peso histórico y político que ello le valió, logró la entrega del castillo de Sutri y otros pequeños centros de la región del Lacio (año 728). Se inició de este modo el poder temporal de la Iglesia, que muy pronto fue legalizado y justificado por la aparición de un documento atribuido al propio Constantino, quien habría donado a la Iglesia la ciudad de Roma y el territorio circundante. En este documento, considerado auténtico durante toda la Edad Media (el humanista Lorenzo Valla demostró su indudable falsedad en el siglo XV), se basó gran parte de la consolidación jurídica y doctrinal del poder temporal de la Iglesia. Esta escena, preferida todavía hoy en las emisiones de las sedes vacantes, se adoptó en 1655, a la muerte de Inocencio X, cuando la función de camarlengo se confió al cardenal Antonio Barberini.

Las emisiones de los jubileos

Los términos año santo, jubileo y fiesta del perdón designan una ocasión de indulgencia plenaria otorgada por la Iglesia, El primer año santo lo anunció en 1300 el papa Bonifacio VIII, en el siglo Benedetto Caetanl da Anagni (1294-1303), con el propósito de celebrar un evento de esa naturaleza cada cien años. El Papa, célebre por su temperamento muy poco místico y por su sed de poder temporal, proclamó el primer jubileo por motivos muy prosaicos: esperaba obtener así el prestigio y la autoridad que necesitaba para lograr sus designios de supremacía universal. Además, la ocasión del jubileo demostró ser sumamente ventajosa para las arcas del erario, cada vez más necesitadas de dinero para sostener las feroces y costosas luchas políticas y para mantener una corte papal cada vez más entregada al lujo. En aquella ocasión acudieron a Roma millares de peregrinos y de eclesiásticos, empujados por un real y sincero deseo de visitar los lugares santos donde estuvieron Pedro y Pablo, y obtener la Indulgencia plenaria para sus pecados. El éxito del año santo fue tal, que, según se cuenta, en el puente de Sant Angelo hubo que regular el trasiego de peregrinos, obligándoles a ir por su derecha, tanto a la ida como a la vuelta. Dado el gran éxito de la iniciativa, se pensó en anticipar el siguiente año santo a 1350. En esta ocasión, la gran cantidad de oro aportada por los peregrinos sirvió, entre otras cosas, para acuñar un nuevo ducado romano a imitación del veneciano.
Desde entonces, los años santos se han sucedido a un ritmo cada vez menor (33 años y luego 25, como se mantienen hoy). Pero no han faltado ocasiones especiales para proclamar jubileos extraordinarios, como sucedió en 1560 para solemnizar el Concilio de Trento.
Las monedas emitidas para celebrar los años santos dan lugar a interesantes representaciones: los Apóstoles, la basílica vaticana, la Virgen o san Pedro arrojando las redes, esta última, felicísima y frecuente alegoría de la Iglesia. El símbolo típico del año santo es, sin embargo, la Puerta Santa, presente por vez primera en las monedas de 1525: en el reverso de una soberbia pieza de 5 cequíes (la misma iconografía está presente asimismo en ejemplares de plata) se ve al pontífice en el momento de derribar el tabique de la Puerta Santa. A su espalda se halla un grupo de peregrinos orando, mientras que en la mitad superior del campo, san Pedro aparece en el momento de abrir las puertas del paraíso. Completa la escena esta significativa leyenda: ET PORTAE CAELI APERTAE SUNT, y las puertas del cielo se abren. No menos hermosa y artísticamente meritoria es la escena del anverso, que representa el pesebre: el Niño Jesús flanqueado por María y José, y detrás, la muía y el buey. En el centro de la escena, brilla una estrella radiante.




Monedas de Génova y de Venecia


Entre los siglos XI y XIV, las ciudades de Génova, Venecia, Pisa y Amalfi alcanzaron el máximo esplendor económico, sobre todo en el ámbito comercial, gracias al desarrollo de sus puertos y de sus flotas, tanto militares como mercantes. Por este motivo se hicieron acreedoras a la denominación de repúblicas marítimas.

El genovino

El genovino, como el florín de Florencia y el ducado cequí de Venecia, es una moneda de oro con un peso de 3,52 g. Resulta interesante señalar que todas estas monedas se ajustan plenamente al peso del dirhem, acuñado en Sicilia por los califas musulmanes. Esta coincidencia no es casual: la moneda árabe estaba muy difundida, y durante cierto período llegó a ser la única de oro que circulaba en los mercados internacionales. Las relaciones comerciales con Sicilia, donde estas monedas tenían amplia acogida, así como con los países árabes, sugirieron atenerse a un modelo análogo para las nuevas monedas de las potencias comerciales emergentes (como, precisamente, Génova, Florencia y Venecia). Génova, en concreto, mantenía intercambios muy intensos con Sicilia, donde a mediados del siglo Xll circulaban las monedas normandas.
Siguiendo el ejemplo de la producción monetal normanda se crearon las primeras monedas pequeñas de oro de Génova, anteriores aun a la creación del genovino: la quartarola y el ottavino. Estas monedas fueron acuñadas por la ceca de Génova poco después de que Conrado II le hubiera concedido el derecho de acuñación (1138). La quartarola de oro correspondía al tari, difundido en el Interior del mundo romano, y el ottavino, a su mitad. Esta elección permitía intercambios más rápidos.

Una iconografia casi constante

Durante muchos siglos, el genovino y las monedas genovesas en general mantuvieron elementos constantes: un castillo estilizado en torno al cual aparece la palabra IANUA. Como este término significa puerta en latín, hay quien ha querido ver en la imagen del anverso la estilización de una entrada. Por lo que se refiere a la representación estilizada del castillo, el gremio de plateros ya la había adoptado en 1277 como imagen de sus punzones, con el nombre de torretta. En el reverso aparece una cruz con el nombre de Conrado II, el emperador que concedió el derecho de ceca. Recuérdese que el nombre de Conrado se halla en el reverso de las monedas genovesas hasta 1624, o sea que se mantuvo casi quinientos años. Cuando se decidió cambiar la leyenda porque evocaba una situación de vasallaje, apareció la inscripción IN HOC SALVS MUNDI, referencia a la cruz (en este signo radica la salvación del mundo).
Pese a este aparente conservadurismo, a menudo se encuentran en estas monedas pequeños elementos que señalan importantes cambios políticos en el interior de la ciudad: durante las luchas entre güelfos y gibelinos (primera mitad del siglo XIV) se encuentran, alternadas, las contraseñas del águila, símbolo Imperial o el león, distintivo de los güelfos. Señalan importantes cambios políticos internos de Génova y de su territorio la aparición de la flor de lis de Francia (dominación de este país) o de la culebra de los Sforza (sujeción a Milán). Hacia 1339, bajo la guía de Simón Boccanegra, aparece la leyenda IANVA QUAM DEVS PROTEGAT, que invoca la protección divina sobre la ciudad.
En 1415 el nombre de genovino fue sustituido por el de ducado, y aparecen los múltiplos (doble y triple) y submúltiplos (la mitad). A partir de 1541 consta la fecha en las monedas de oro. En las monedas genovesas se distinguen tres períodos fundamentales que corresponden a tres gestiones políticas distintas en la ciudad. El primero abarca de 1139 a 1339 y coincide con el común libre, durante el cual se alternaron cónsules, podestá y capitanes del pueblo, y Génova atravesó una época de gran expansión comercial y de indiscutido poderío económico.
El segundo período (1339-1528) presenció la alternancia de los dux vitalicios y las dominaciones extranjeras. El tercero, que va de 1528 a 1797 conoció la gestión de los llamados dux bianuales (o sea que permanecían en el cargo dos años), período que coincide con una lenta pero Irreversible decadencia comercial y política. Precisamente durante este último período, en 1637, las monedas genovesas experimentan un cambio importante y muy afortunado en la iconografía: en el anverso, en el lugar del castillo, aparece una bellísima Imagen de la Virgen con el Niño, en un trono de nubes. Los ángeles sostienen la corona de estrellas, y la leyenda ET REGE EOS subraya la protección de Nuestra Señora, patraña de Génova y de la República. Esta imagen persiste hasta 1797, cuando las tropas de Napoleón propiciaron el nacimiento de la República ligur (1797-1805) e inspiraron nuevos temas iconográficos en las monedas.

La expansion de la serenisima

Venecia desempeñó un papel muy importante durante toda la Edad Media. Por algún tiempo sometida al dominio bizantino, ya en el siglo XII era libre e independiente. Sin duda, para Venecia, como para Génova, la conciencia de la propia autonomía derivó de las prolongadas y duras luchas sostenidas contra invasiones y saqueos, que muy pronto llevaron a una organización individual de la propia administración y defensa: el dogo o dux, en su origen nombrado por el emperador, desde el siglo X obtuvo el poder por designación popular con el beneplácito de Bizancio, y no tardó en asumir una indiscutida autonomía en los terrenos político, judicial y militar. La gestión de la cosa pública pasó muy pronto (siglo xil) a una aristocracia mercantil que transformó el poder económico en hegemonía política. La expansión comercial se inició con el monopolio del mercado de la sal, producto entonces importantísimo y utilizado también para el curtido de las pieles y para la conservación del pescado y de las carnes, y halló su cauce más importante en el desarrollo del comercio con Oriente (favorecido por las relaciones privilegiadas con los bizantinos). Las colonias, esparcidas por todo el Mediterráneo, eran otros tantos puntos de una red de intercambios muy intensos, con una expansión que no se limitaba a las costas, como atestiguan las celebérrimas peripecias de Matteo, Niccoló y Marco Polo (1254-1324), quienes se internaron en la lejana y fabulosa China. La supremacía en el Mediterráneo, a la que trataba de oponerse enérgicamente Génova, duró hasta el siglo XVII, cuando, sobre todo a causa del avance turco, la Serenísima comenzó a perder puertos y bases comerciales.

El ducado cequí de venecia

Una potencia económica en tan rápida y arrolladura expansión no podía dejar de dotarse de una moneda apropiada, símbolo claro de su personalidad y poderío. Hacia 1284 nace el ducado véneto, llamado después cequí (zecchino), destinado a un éxito comercial que sólo han conocido unas pocas divisas. Las imágenes del anverso y del reverso son inconfundibles y muy hermosas: en el anverso, el dux recibe arrodillado el estandarte de manos de san Marcos, patrono de la ciudad (las reliquias del santo evangelista llegaron a Venecia desde Oriente en el año 830); en el reverso hay una bellísima imagen de Cristo bendiciendo, en el Interior de una mandorla de estrellas. Muy próximos en el gusto a las monedas bizantinas, bien conocidas y familiares en Venecia, os ducados presentan respecto al estilo oriental una forma más plástica en los drapeados, subrayados con cierta minucia, y en la disposición de la escena, mucho más original y con más sentido del movimiento (el san Marcos en tres cuartos representa una gran novedad respecto a la rígida frontalidad bizantina). Con un peso de 3,56 g y con una pureza metálica envidiable, esta moneda fue imitada y falsificada durante siglos por todas las potencias, orientales y occidentales. A este propósito, recordemos que durante los siglos XIV y XV, circulaban cantidades enormes de imitaciones del ducado veneciano, obra de autoridades menores que esperaban así recoger las migajas del espléndido imperio comercial de Venecia, y también por iniciativa de competidores que ya poseían su propia divisa, estable y acreditada, como Génova. Respecto a los originales, estas imitaciones tenían una ley inferior y presentaban un estilo mucho más tosco y descuidado, Las producciones genovesas servían principalmente para comerciar con los musulmanes, que mantenían con Venecia relaciones muy estrechas, sin tener que recurrir a la Serenísima como intermediaria, lo que hubiera supuesto operaciones costosas y que, en cualquier caso, habrían avalado el monopolio comercial de aquélla con Oriente. Contaba también el deseo de perjudicar políticamente al competidor: lanzando al mercado monedas de escasa calidad, Génova se proponía minar la credibilidad y la confianza de que gozaba la ciudad de la laguna. Un detalle curioso, aunque no extraño ni aislado, es que la República de Génova condenaba oficialmente la circulación de monedas falsas, pero luego, en la práctica, la toleraba o Incluso la estimulaba. Venecia reaccionaba a esta marea de imitaciones y falsificaciones con controles, con la retirada de las monedas no oficiales y hasta con la horca, pero los comerciantes estaban literalmente invadidos por estas piezas, que todavía hoy circulan en cantidades notables (aunque no constituyen un peligro, pues a un ojo experto le resulta fácil reconocerlas).

Una prodigiosa transformación

Algunos documentos de la segunda mitad del siglo XVI11 nos describen la actividad de la ceca veneciana. Un aspecto interesante y curioso radica en que todos podían llevar al taller oro y plata, y obtener en un plazo muy breve el contravalor en monedas acuñadas. Era preciso someterse a algunas operaciones fijas que servían para definir el peso y la pureza del metal entregado, y además era preciso prever un pequeño gasto de ceca (sólo el 0,27 % del valor certificado del metal). El importe obtenido se depositaba en el banco o se entregaba en metálico, a elección del propietario. Todo ello, y gracias a las elevadas reservas de monedas de oro y de plata de que disponía la ceca, podía suceder en el lapso de una mañana, a diferencia de los larguísimos trámites burocráticos de nuestros días.

Las colonias

Para Génova y las demás repúblicas marítimas, Pisa, Venecia y Amalfi, fue muy importante la apertura de los mercados orientales a raíz de las Cruzadas. Gracias a su habilidad y a la competencia con que organizaban los asuntos marítimos, los genoveses se ocupaban del transporte por las rutas que conducían a Oriente, y se encargaban asimismo de mantener los mares a salvo de los ataques sarracenos. Esta actividad los condujo muy pronto a obtener privilegios excepcionales en las tierras cristianas de Oriente, y permiso para fundar colonias que muy pronto se convirtieron en Importantísimas bases comerciales. Aprovechando que esos establecimientos estaban a todos los efectos sujetos a la jurisdicción genovesa, y que se hallaban exentos de cualquier gravamen fiscal o aduanero, los genoveses no tardaron en convertir las colonias en centros Importantes donde organizar, sin intermediarios ni impuestos, el comercio de las preciadas mercancías de lujo de los territorios orientales. Muy pronto se crearon en las colonias bancos de cambio, oficinas comerciales que tenían la función de acaparar a precios muy ventajosos los productos de aquellas ricas regiones. Muchos eran los puertos genoveses de los que partían las mercancías, esparcidos por todo el Mediterráneo. Podían contar con una organización verdaderamente moderna y eficaz, como por ejemplo las capitanías (llamadas oficinas del mar), que se ocupaban de autorizar la partida de una carga, no sin haberla controlado e inspeccionado previamente con todo cuidado. También existía una oficina de sanidad que debía valorar las condiciones higiénicas en que viajaban los marineros, y había funcionarios encargados de recauda las diversas tasas portuarias, desde la de atraque a la de alquiler de barcazas y a la de anclaje.




Nace en Florencia el célebre florín


Expresión de los profundos e importantes cambios económicos, sociales, políticos y culturales por los que atravesó Italia durante los siglos xiii y xiv, es la creación por Florencia del florín en 1252. Esta moneda es la expresión concreta del auge del comercio y de las actividades industriales, propiciadas por la apertura a los intercambios con Oriente (gracias a las Cruzadas), y de la lucha de la nueva burguesía capitalista (representada por organizaciones artesanas o profesionales, los gremios) que acabaría haciéndose con el gobierno de la ciudad, caracterizada ya por tendencias típicamente mercantiles.

Una preciosa moneda

Esta moneda presenta características muy notables, que pronto la imponen como la divisa capaz de revolucionar los intercambios de la época, hasta entonces basados en el monometalismo carolingio, regulado más por una moneda de cuenta que por una moneda efectiva. Se trata de una pieza de 3,54 g de oro puro, de 24 quilates, características que permanecen inmutables durante siglos, concretamente hasta 1533, año de la desaparición de la República (en el segundo semestre se Inició la acuñación de escudos de oro a nombre de Alejandro de Médicis: el escudo señala, pues, un nuevo curso de la historia). La iconografía, finalmente renovada respecto a las monedas anteriores congeladas en una pobrísima variedad de imágenes y siglas carolingias, lleva en el anverso la bellísima azucena estilizada (símbolo de Florencia, por cuanto se halla en el escudo de la ciudad), en cuyo interior asoman dos flores. Con el propósito de subrayar y afirmar la independencia y el legítimo orgullo municipal, hallamos como única leyenda en el anverso el nombre de la ciudad, FLORENTIA. En el reverso aparece san Juan Bautista de cuerpo entero, con túnica y un largo manto, tal como lo describe la tradición: una prenda tejida con pelo de camello, un faldellín de piel en torno a las caderas y cabellos largos según los preceptos del nazareato (forma de consagración a Dios, que imponía asimismo la abstinencia de bebidas alcohólicas y otras formas de renuncia. Durante todo el período del nazareato la persona era considerada casi sagrada). Alrededor del santo aparece la leyenda S. IOHANNES B.. Los publicitarios de nuestros días no habrían podido imaginar algo más claro y sencillo en la imagen y, al mismo tiempo, directo y complejo en el mensaje: la moneda de Florencia, visto su gran prestigio y el amplísimo alcance de su comercio, pronto se hizo fácilmente reconocible gracias a su azucena. El santo del reverso no sólo proclama de modo expreso la personalidad política de la ciudad, sino que subraya también su pertenencia al mundo cristiano, elemento quizá más cultural que religioso, mensaje para exportarlo a las lejanas regiones pobladas por infieles e incrédulos. La reducción al mínimo de las leyendas permite una fácil identificación incluso por los analfabetos, numerosísimos pero entre los que se hallaban también expertos y ricos comerciantes. La sencillez de los tipos y su claridad evitaron por una parte la desconfianza y facilitaron una gran difusión, pero por otro lado permitieron y favorecieron una muy prolongada imitación del florín. Las falsificaciones las alimentaron también la bondad de esta moneda, así como la estabilidad y la riqueza de la ciudad emisora.

Las emisiones del florín ancho

Una única variante, y ciertamente no revolucionaria, vino dada por las emisiones del florín ancho a partir de 1422: se trata de una moneda de diámetro algo superior a las anteriores (20 mm en lugar de 18) y un poco más delgada, precisamente para no modificar peso y ley. Lo que hace muy variado y apasionante el coleccionismo de una moneda que en apariencia ha permanecido igual durante siglos, es la diversidad de pequeños símbolos situados en el reverso, arriba, a la izquierda del santo. Se trata de contraseñas de los maestros de ceca o de escudos que representan los diversos linajes florentinos que tuvieron la responsabilidad de la emisión (los maestros cambiaban cada trimestre y luego cada semestre). Estos signos nos ayudan muy a menudo a la determinación cronológica de los florines, siempre sin fecha. No cabe duda, en todo caso, de que gracias al estilo y los detalles del grabado se puede observar, a lo largo de todo el tiempo de producción de los florines, un progresivo desarrollo del tipo monetario, desde una forma netamente arcaica a las más hermosas y refinadas de los siglos xiv y xv.

El papel de los maestros de ceca

Los maestros de ceca supervisaban la acuñación de las piezas de oro o de plata. Como responsable de la emisión de plata de 1316 fue nombrado el famoso cronista Giovanni Villani, el cual, como apasionado y exacto compilador de fechas y sucesos, nos ha dejado el primer libro de la ceca o Fiorinaio. Éste nos permite reconstruir las operaciones de la ceca, los nombres de los magistrados, de los cequeros y de sus símbolos a partir de 1303. Este registro, sin embargo, no siempre es completo: guerras, epidemias y disturbios políticos son causa frecuente de unas lagunas que no resulta fácil colmar.




Las monedas de los emperadores suabos


El 25 de diciembre de 1194, con la coronación de Enrique VI, se inició la dominación de la Casa de Suabia en la Italia meridional. Bajo esta dinastía, cesó la actividad de la ceca de Palermo, pero continuaban trabajando a pleno ritmo la de Messina para Sicilia y la de Brindis¡ para las regiones continentales. A estos talleres, que produjeron tari y multipli de oro, apuliensi, denari y mezzi denari, se añadieron las cecas de Gaeta (follar¡ de Enrique VI), Amalfi (ta@i de oro para Enrique Vi y Federico 11), Manfredonia (tapa y multipli de oro, denari y mezzi denari en nombre de Manfredo) y Salerno (follar¡ y mezzi follar¡ de Enrique VI), dando lugar a una producción muy rica y variada a lo largo del dominio de los soberanos suabos (que concluyó en 1266, año del advenimiento de los Angevinos).

Las monedas de un pequeño rey

Podemos dividir la producción de Federico 11 para Sicilia en tres períodos. El primero comprende de 1 1 97 a 1208, y coincide con la regencia de su madre Constanza y luego de dignatarios y señores feudales indígenas y alemanes, pues Federico había subido al trono con sólo tres años de edad. Esta producción, que en parte continúa la de Enrique VI, está caracterizada por la introducción, en el anverso, de una pequeña águila, unas veces monocéfala (con una sola cabeza) y otras bicéfala (con dos cabezas), elemento que caracterizará durante siglos las monedas sicilianas. En 1209 Federico asumió personalmente el poder y no tardó en manifestarse muy resuelto y sagaz en la gestión política. A este segundo período (que llega hasta 1220) pertenecen diversas monedas de oro con las letras F, FE y FC (monogramas del nombre de Federico), junto con el nombre de su padre, Enrique VI, y letras en caracteres cúficos, herencia de las monedas árabes, aunque ahora reducidas a puro elemento decorativo y desprovistas de un significado y un mensaje reales. Tenemos también monedas que presentan la ya tradicional águila, y otras que llevan en el centro dos o más globos pequeños. Hay asimismo algunos denari y mezzi denari de aleación (acuñados en Messina) que celebran los esponsales de Federico, de apenas quince años, con Constanza de Aragón (1 209), y otros, no menos interesantes desde un punto de vista histórico, cuya leyenda recoge el título de REX ROMANOR. . Estos últimos dan testimonio de la elección de Federico como Rey de los romanos, celebrada en Alemania en 1212 en Maguncia y en Aquisgrán.

Las monedas del emperador

En 1220 el papa Honorio 111 coronó en Roma a Federico Romanorum imperator semper augustus et Rex Siciliae. A este último período, que comprende 29 años, pertenecen monedas de gran interés y de calidad artística muy cuidada, superior a la de emisiones anteriores. En los ta@i aparecen la leyenda F. IMPERATOR, el águila y la cruz latina junto al monograma de Cristo (IC XC) y a la afirmación victoriosa Ni KA. También de este período datan los bellísimos augustales, monedas de oro de sabor muy latino, que se contraponen a las anteriores también de oro y de derivación bizantina y árabe. El nombre revela que la iconografía remite expresamente a los áureos de la antigua Roma: en el anverso hallamos, en efecto, el retrato de Federico en muchas variantes (cabeza más o menos grande, rostro a veces juvenil y en ocasiones más maduro, destacado o con corona de laurel o convencional), acompañado de la significativa leyenda CAESAR AVG/IMP ROM. . El reverso presenta el nombre, acompañado de un águila que si en lo esencial ha permanecido inmutable, ofrece muchas variantes de estilo y posición. La gran novedad vinculada al nacimiento del augustal radica en el hecho de que a la moneda de oro se le asigna un peso fijo y constante, 5, 25 g, y una ley de 20 quilates y medio (frente a la del tari, de 16 y un tercio). La moneda posee gran valor histórico, pues es el fruto de las importantísimas Constituciones meifitanas de 1231, por las cuales se pretendía dotar al reino de una legislación de derecho público y privado, capaz de reorganizar con solidez el gobierno de la Italia meridional. Al tercer periodo pertenecen diversos denari de plata, entre los que recordamos, por su interesante vinculación histórica, aquellos en los que aparece el nombre de Federico acompañado del título de REX IERVSOLOMIT 0 F. ROMANOR IMP/IERL ET SICILI, de lo que resulta evidente la ostentación de la dignidad de rey de Jerusalén aportada como dote en 1225 por Isabel, hija de Juan de Brienne, pero sobre todo conquistada durante la sexta cruzada. Otra emisión característica de esta última fase de las monedas de Federico la representan los denari, con los que el erario obtenía elevadas ganancias y que, con el tiempo, sufrieron una inflación cada vez más fuerte y, lo que es peor, se devaluaron. Las nuevas emisiones eran muy frecuentes, y cada vez presentaban una ley más baja, situación que no tardó en llevar a una grave devaluación. Si 16 denari de 1209 contenían 3, 6 g de plata pura, 24 denari de la última emisión (1249) sólo presentaban 0, 6 g de metal precioso. !>

Las Constituciones meifitanas

Las Constituciones meifitanas, llamadas también Constituciones del reino de Sicilia, recogían y ordenaban normas de derivación normanda y otras impuestas por el propio emperador Federico ¡l. El propósito consistía en dotar al reino de un sólido aparato burocrático nombrado por el rey, que permitiera una gestión de gobierno muy centralizada bajo dependencia directa del soberano. Federico actuaba así con a finalidad de acabarcon el feudalismo, aún vivo en el interior del Imperio, y de eliminar las tendencias autonomistas de las diversas ciudades comunales. Las Constituciones, de gran trascendencia histórica además de documental, reflejan la gran inteligencia política de Federico, que, en cierto sentido, se anticipaba a su tiempo al concebir un Estado fuerte y centralizado, en el que estaba prevista una administración judicial y financiera estatal que debía emplear a funcionarios con competencias específicas y cualificadas. Con gran amplitud de miras y capacidad para interpretar los hechos de su tiempo, Federico se dio cuenta de que cada componente social desempeñaba su propia función y debía recibir su reconocimiento personal: así no negó la función fundamental ejercida en aquellos años por la burguesía municipal. Con un plan que apuntaba a extender su hegemonía a toda la península, Federico se proponía coordinar la actividad de las ciudades comunales bajo la autoridad y el control del Estado. Estaba prevista la colaboración con la Iglesia, superando así el espinoso p robiema de la supremacía de un poder sobre otro. Pero al clero, lo mismo que a los demás ciudadanos, le pedía que pagara impuestos y aceptara la competencia de los tribunales civiles,