El tálero y los reales

Tálero

Ya hemos tenido ocasión de subrayar que el tálero, entre finales del siglo xv y comienzos del xvi, se convirtió en punto de referencia fundamental en el ámbito mercantil. De plata y de 28 a 32 g de peso, esta moneda tuvo el mérito no sólo de renovar el sistema monetario, sino también de introducir nuevas iconografías. Particularmente ligada al realismo es la representación del anverso, el retrato del soberano con armadura. Indudablemente, la gran fortuna del tálero en Europa se debió al aprovechamiento de las ricas minas de plata. En el Tirol, hacia finales del siglo xv, una mejor utilización de las minas existentes y el descubrimiento del filón de Schwarz coincidieron con una renovada necesidad de dinero para los intercambios comerciales, particularmente intensos en la reglón del Tirol, dada su situación como nudo de comunicaciones entre Italia y Alemania.

El florín de oro de segismundo del tirol

Aun no siendo un gran economista ni un gran político, pues hubo de abdicar en favor de Maximiliano de Austria, Segismundo del Tirol (1439-1490) comprendió la importancia de la moneda y de todas sus implicaciones: mandó trasladar la ceca a Hall, ciudad próxima a las minas de Schwarz, organizó un moderno y estable sistema monetario en su reino, y contrató a un técnico de la ceca veneciana que conocía bien su oficio (llamado por los naturales del lugar Anthon Ross) y, sobre todo, que dominaba los secretos de la primera gran moneda de plata de Venecia: la lira tron (acuñada bajo el dux Nicola Tron), la primera lira de cuenta transformada en moneda real, de 6,52 g de peso.
Entre 1477 y 1478, el duque Segismundo mandó acuñar un florín de oro en el que aparecía con armadura y empuñando la espada: ésta era la primera moneda alemana con retrato del soberano, semejante en la composición al futuro tálero. El soberano también había comprendido que era posible transformar esta moneda de oro, metal cada vez más difícil de hallar, en una moneda con el valor equivalente en plata. En 1486 se emitió el guldiner (o goulden), que conservaba el nombre de una pieza de oro, pero que ahora era de plata: pesaba unos 31,7 g y tenía una ley de 935/000. En el anverso aparece el retrato del duque en pie, con armadura, con cetro y corona. En el reverso, en cambio, se muestra a Segismundo a caballo, circundado de blasones. Cuando Maximiliano accedió al poder, trató de mantener las reglas fundamentales del reconocido sistema tirolés. Pero en un primer momento su plan tropezó con las diversas autoridades locales, celosas y atacadas en sus sistemas monetarios particulares. La reforma del tálero se llevó a cabo con gran lentitud y con tiempos y nombres distintos en cada una de las diversas regiones europeas. Maximiliano llamó junto a sí a los más diestros grabadores para que se encargaran de su retrato en los táleros, lo cual confirma que había comprendido bien la novedad y la potencial extensión de esta moneda, además de la importante función propagandística que se le podía confiar.

Los taleros oe sajonia

También Sajonia, zona muy rica en minas de plata, emitió hacia 1500 un tálero según el modelo tirolés, que obtuvo gran éxito. En Bohemia, los condes Schlick hallaron enormes yacimientos de plata: esto, unido a estrechas y fructíferas relaciones comerciales con Sajonia y a la autorización para la apertura de una ceca, determinó que el tálero se acuñara en esta región. La moneda bohemia llevaba en el anverso a san Joaquín, y en el reverso el león de Bohemia. Precisamente a una mina de esta región, Joachimsthal, se debe el nombre de tálero, llamado de diversas maneras hasta aquel momento (Guldengroschen o Silbergroschen): de la rica mina de Joachimsthal salieron tantas piezas, que la abreviatura del adjetivo joachimsthaler (o sea del valle de Joachim) se convirtió en el término por antonomasia para designar esta moneda. Con el tiempo, fueron muchísimas las regiones y ciudades alemanas que acuñaron táleros: Hesse, Meclemburgo, Württemberg y otras. Los condes de Mansfeld, región donde se hallaban minas muy ricas, acuñaron táleros entre los siglos xvi y xvui, y como la iconografía representa a san Jorge matando al dragón, se confirió a esta moneda un valor de talismán. El sistema basado en el tálero comprendía submúltiplos (1/2, 1/4, 1/8 y 1/16), lo que permitía producir valores fraccionarios, susceptibles de ser usados por la población para las pequeñas transacciones.
La iconografía adoptada en las diversas regiones y por los distintos señores era variada: muchos llamaron a artistas de fama internacional (como el pintor Lucas Cranach) para dibujar sus retratos y utilizarlos principalmente en los dobles táleros, que se acuñaban como monedas honoríficas. Otros dibujos consistían en los santos patronos (Colonia, Salzburgo) y los escudos locales. No debe olvidarse que en aquellos años el territorio alemán estaba atravesando un momento particularmente feliz desde el punto de vista cultural e histórico, un renacimiento local caracterizado, en el arte aplicado a las monedas, por un acentuado realismo. Después de la guerra de los Treinta Años, y pese a la notable producción de las minas de plata de Europa central, el metal precioso ya no bastó para cubrir la demanda destinada a la emisión de táleros. La plata que llegaba del Nuevo Mundo pertenecía a España y era revendida a precios muy elevados. Así se decidió adoptar una moneda más ligera, el florín, equivalente a 2/3 de tálero. No obstante, muchos príncipes alemanes quisieron continuar la producción de táleros como moneda apropiada, dadas sus notables dimensiones, para celebrar los hechos más importantes, para subrayar la profesión de fe, para sancionar la legitimidad y el poderío de las diversas Casas reinantes, y para albergar sus complicados escudos. Los táleros se convirtieron entonces en auténticas páginas en las cuales, de varias maneras y a veces muy fantasiosas, se ilustraban los más diversos temas.

El schauthaler

En tiempos de Maximiliano nació un tálero especial: el tálero-medalla, pieza llamada también Schauthaler o sea tálero de ostentación. Se trataba de táleros acuñados en diversos valores, generalmente múltiplos de la unidad, que presentaban las mismas características que la moneda, pero no debían cumplir las funciones de intercambio. Por lo regular, en estas piezas se halla el retrato de Maximiliano, de perfil, con coraza. Los mejores grabadores eran reclamados a la corte para dar forma a lo que debía convertirse en un mensaje propagandístico y de testimonio histórico. De Mantua llegó Gian Marco Cavalli. Entre las numerosas monedas-medalla, recordemos el doble tálero acuñado para celebrar la ceremonia de la coronación imperial (1508), destinado a las más altas personalidades: en el anverso aparece Maximiliano a caballo (la iconografía del jinete estaba difundida desde hacía tiempo en Europa central) y con uniforme de gala. En el reverso, el águila bicéfala rodeada de los escudos. También la joven esposa del emperador es representada en una de estas monedas-medalla, con lo que también ella pasa a formar parte de una galería de personajes y acontecimientos de particular interés.

La difusion del tálero

El tálero se difundió por doquier con gran velocidad y aceptación, y tomó los nombres más variados en las regiones por donde circulaba: rikjsdaaler (o risdaller) en Holanda, y más tarde leuwendaalder; en Prusia se llamaba Reichsthaler, y la lista podría alargarse mucho. A menudo el tálero venía caracterizado por el nombre de sus grabados, por el motivo de su emisión, por la autoridad emisora: así, teísmos táleros de la rosa, de convención, de la alianza y los destinados a Levante.
En Italia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI los escudos (los táleros italianos) se difundieron ampliamente. Entre los primeros que acuñaron este tipo de moneda se contaron los Saboya (1556); Venecia, con un ducado de plata cuyo peso superaba los 32 g (1562); Génova (producción regular a partir de 1596), Florencia (1568), Mantua (un escudo de plata de 6 liras y 31,50 g de peso) y Roma (la primera piastra data de 1588 y pesaba 31,93 g).

Los yacimientos de plata en Europa

Por las noticias que tenemos, podemos afirmar que hasta el descubrimiento de América (y de sus reservas de oro y de plata) la cantidad de metales preciosos que circulaban en Europa fue siempre inferior a la demanda. Esta carencia se acentuó y se hizo más evidente cuando, desde comienzos del siglo xiv, la actividad mercantil se generalizó. El metal que con más frecuencia constituía el parámetro para el intercambio era la plata, cuyo valor aumentó respecto del que se atribuía al oro. Esta situación indujo a explotar las minas europeas cada vez con más dedicación y con renovados sistemas técnicos. En el siglo xv había importantes yacimientos en Sajonia, Hungría, Bohemia, Carintia y Estiria. Luego se descubrieron grandes reservas en el Tirol, en el territorio de Salzburgo, y se abrieron nuevas minas en Sajonia (Scheeberg y Annaberg se sumaron a la más antigua de Mansfeld). La actividad de las minas se vio potenciada por nuevas técnicas que permitían excavar el terreno a mayor profundidad, con lo que el hombre podía trabajar en niveles mucho más hondos: galerías con bóvedas y paredes apuntaladas, empleo de bombas extractoras de agua y canales de derivación de las capas acuíferas mejoraron sin duda la calidad y el rendimiento laboral. También para el refinado y la transformación del metal se disponía hacia finales del siglo xv de fuelles y de mazos más idóneos para satisfacer una demanda creciente. Y, en efecto, la producción de plata en Europa central aumentó no menos de cinco veces, alcanzando una producción anual de 85 toneladas, cantidad que no volvió a igualarse hasta el siglo xix. Las cecas y los comerciantes seguían solicitando metal precioso, y se consiguió el resultado de que el oro se considerara de nuevo más precioso que la plata. Con el renovado vigor conferido a la plata por las minas europeas, sucedió que las monedas de oro fueron sustituidas en algunos casos por piezas de plata de valor equivalente: nacieron así los táleros alemanes (equivalentes a los goulden de oro), mientras los testoni italianos no guardaban ya relación alguna con los grossi y los denari del período medieval, ni por el peso ni por la iconografía. No obstante la nueva aportación de monedas de plata, hacia finales del siglo xv, la búsqueda de oro se tornó febril.

El monopolio portugués

En Europa no existen yacimientos importantes de oro. En la Edad Media el oro provenía de las fuentes más dispares, pero en todo caso de Oriente y de África en su mayor parte. Mucho metal llegaba de las minas de Nubia (actual Sudán), y de saqueos de tesoros de lugares particularmente ricos en antigüedades, como Egipto, Siria y Persia. Un Importante centro distribuidor del precioso metal se encontraba en Egipto y en Africa del Norte. Cuando los portugueses, a partir de las primeras décadas del siglo xv, ocuparon África occidental, el punto de acopio se desplazó a los territorios controlados por ellos: allí, en efecto, se recogía todo el metal procedente de Guinea y de Costa de Marfil. En poco tiempo, los portugueses se hicieron con el monopolio casi total del oro en Europa.
Para Portugal esto significó el nacimiento de una moneda llamada a durar mucho tiempo, el cruzado, una pieza de oro de unos 3,84 g de peso, que tomó su nombre de la leyenda CRVCIATVS y de la cruz de san Jorge que aparecen grabados. Se acuñó en oro por primera vez en tiempo de Alfonso V, que reinó de 1438 a 1481 (pero en plata existía ya desde fines del siglo xiv), y se exportó a los países ocupados por Portugal.

El oro americano

Con el descubrimiento de América se inició la era de los ingentes suministros de oro: primero el metal amarillo provenía de las Antillas, y en una segunda etapa se explotaron las zonas de Centroamérica y de Venezuela. Generalmente se trataba de oro de origen aluvial (extraído de los cursos de agua) u obtenido de las minas de México, pero a partir de 1533 comenzó a llegar a Europa el oro arrebatado a los incas. Hacia mediados del siglo xvi se abrieron las minas de la actual Bolivia. Con ello Europa, que desde hacía años se resentía de carencia de metal precioso, fue literalmente invadida de oro y plata, lo que dio origen a una gravísima inflación. La gestión de una riqueza tan abundante, y todavía del todo virgen, precisaba una adecuada organización. De ahí que no tardaran en ser enviados virreyes a los territorios recién conquistados. En 1521 se fundó Ciudad de México, en el lugar de la antigua capital, Tenochtitlán. En 1535, en virtud de una ordenanza de la reina Juana la Loca, madre del futuro Carlos V, se fundó la primera ceca del Nuevo Mundo.
En América, las primeras monedas se remontan a 1536: piezas de plata con valores de 3, 2, 1, 1/2 y 1/4 de real. Las monedas se emitieron en nombre de Juana y de su hijo Carlos. En 1536, durante el reinado de Felipe II (1555-1598), se creó la ceca de Lima (cuyo símbolo era la letra p). Después de 1570 nació la pieza de 8 reales, acuñada con la plata de las riquísimas minas locales. Fue una moneda de enorme éxito, destinada a circular hasta 1825 en el Nuevo Mundo y en muchos otros países occidentales. Las cecas americanas no eran, desde luego, las más cuidadosas, y los grabados no se distinguían por su particular precisión y habilidad, hasta el punto de que nos han llegado piezas de factura muy tosca, formas irregulares y caracteres impresos de manera sumaria, en ocasiones ilegibles.

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