La era imperial: domina el retrato

Ya se ha hecho referencia a la gran atención que los soberanos de la antigua Roma dispensaron, desde los primeros años del Imperio, a un vasto designio propagandístico estrechamente ligado a sus propias personas. En una sociedad habituada a no vincular el poder a un solo hombre (recordemos la gran fragmentación de los cargos en época republicana y la absoluta temporalidad que los caracterizaba), hacer respetar a una única persona constituía un elemento de gran importancia, y de que ese respeto se lograse dependía gran parte del consenso.

Monedas para celebrar el poder

Las monedas se utilizaron también con la finalidad antedicha, aunque fueran objetos de dimensiones muy reducidas y hechos de materiales que difícilmente permitían matices y detalles. Pero en cualquier caso se logró crear una galería de retratos de excepcional fidelidad física y penetración psicológica. En estos años se sintió la necesidad de identificar con un individuo concreto, y con características físicas muy personalizadas, el recuerdo de cuanto él hizo por Roma: atrás quedaba la época de Cincinato, en la que el ciudadano romano tenía como único objetivo anularse para bien del Estado y dedicar su vida a la res publica (cosa pública), para regresar al anonimato una vez la comunidad ya no le necesitaba. El emperador desempeña un cargo vitalicio, y durante su gobierno quiere ser celebrado, desea que su imagen pueda representar, en una dimensión lo más amplia posible, el poder constituido. La referencia a una persona con características somáticas lo bastante precisas, tiene también la función de aportar seguridad al ciudadano, de dar cierta concreción al poder y, por tanto, de inducir a una mayor obediencia y a cierto grado de devoción. El mecanismo es bastante sencillo: si no se conoce a aquel a quien se desobedece, uno no se ve frenado por excesivos escrúpulos, mientras que si se puede conferir un rostro y una identidad a quien gobierna, si se tiene conciencia de que esa persona existe, uno se siente idealmente exhortado a colaborar con él en pro del bien común. Precisamente sobre esta función paternalista se basó la propaganda imperial en los primeros tiempos.

El culto de la personalidad: un tabu superado

El primer personaje vivo inmortalizado en las monedas fue Julio César: en efecto, con anterioridad estaba prohibido reproducir las facciones de un contemporáneo, a fin de evitar que se crease aquel culto de la personalidad tan aborrecido por los romanos desde que expulsaron a sus reyes (año 509 a. C.). Los retratos de los primeros emperadores resultan todavía bastante estereotipados en las monedas, si bien están realizados con cuidado y atención, privilegiando el mensaje de autoridad, seguridad y decisión que debía acompañar la nueva trayectoria política. Con Calígula (años 37-41 d. C.), los grabadores implantan verdaderamente el arte del retrato. Por primera vez aparece en Roma la figura del emperador en los sestercios. Es muy bello el retrato de Claudio (años 41-54 d. C.): los artistas nos transmiten el perfil de un hombre viril, de mentón voluntarioso; una imagen cuya nobleza realza un cuello largo y elegante. De Nerán tenemos dos grupos, ambos interesantes y bien caracterizados: el primero representa al emperador muy joven (alcanzó la dignidad imperial siendo aún adolescente, 17 años, de los años 54-68 d. C.), de rasgos gentiles y delicados, mientras que en la segunda parte de su vida, caractedzada en política por graves delitos y por un absolutismo muy riguroso, aparecen retratos que lo presentan pesado, con la mirada fiera y obstinada. En tiempo de Nerón, y prescindiendo de lo que se expresaba en las monedas, el arte del grabado atravesó un momento de gran esplendor, que se prolongó en los años siguientes: recordemos el hermosísimo perfil de Galba (año 69 d. C.), a quien se representa sin complacencia alguna en edad avanzada, y se subrayan la sotabarba, las ojeras y el cabello ralo en las sienes. Estamos muy lejos, ciertamente, en términos temporales y de mentalidad, de aquellas figuras masculinas de belleza irreal que aparecían en las monedas griegas. Muy expresivo y de notable realismo es el retrato que nos presentan algunas monedas de Vitelio (año 69 d. C.) y Vespasiano (años 69-79 d. C.), fundador de la dinastía Flavia. De este último emperador tenemos un retrato de un expresionismo casi violento, hasta tal punto es realista y despiadado el perfil de un hombre desprovisto de toda gracia, con nariz ganchuda, mentón prominente y ojo pequeño aunque de mirada sumamente aguda. Bajo Adriano (años 117-138 d. C.) emperador nacido en España, el arte del retrato monetal experimenta un renovado impulso: por vez primera un emperador se hace retratar con barba en las monedas, característica que adoptarán muchos de sus sucesores. Su gusto artístico se nota también en la villa de Tívoli y su mausoleo, hoy Castillo de Sant’Angelo.

La mujer protagonista de la vida social

Probablemente, la característica de la barba registra un cambio en la moda, y lo mismo sucede con el einado de las muieres (generalmente esposas, hijas y parientes próximas del emperador), las cuales exhiben elaborados y bellísimos tocados en ocasiones utilizables también como elemento decorativo: destacan, entre todos, los de Plotina y Matidia, respectivamente esposa y sobrina de Trajano, imágenes tan cuidadas en la reproducción del peinado como para convertir éste en un elemento ornamental. No son infrecuentes en las monedas los retratos de estas , augustas: recordemos el hermosísimo perfil de la esposa de Adriano, Sabina, y el de la matrona Faustina, casada con Antonino Pío. Podríamos recordar a otras muchas, para testimoniar la gran consideración en que se tenía por aquellos años a las mujeres, a menudo incluso como partícipes directas del poder político. Durante el reinado de los Antoninos (de los años 96-192 d. C.), se asiste a un lento declinar del espíritu realista que caracteriza los retratos en las décadas anteriores: los rostros están menos cuidados y resultan más bien rígidos, desprovistos de vida y de carácter. Las guerras civiles que se suceden a partir del año 192, fragmentan el poder imperial y multiplican las cecas, con la consiguiente falta de unidad estilística y la introducción de muchos elementos típicos de las cecas provinciales, a veces tendentes a la caricatura y no muy atentas a reflejar los detalles. El período que media entre los años 238 y 244, definido como los años de la anarquía militar, señala un momento de gran crisis política y militar del Imperio romano, que se refleja también en (os retratos, de los que no pocos se ejecutan con minucia y aplicación. Otro factor fundamental en el cambio de estilo radica en que va enraizando en Roma la figura del emperador divinizado, esto es, que ya no se le considera un hombre, sino un semidiós, según un concepto de tradición oriental. En el ámbito de esta nueva visión carece de sentido hablar de retrato realista, puesto que la figura imperial ya no presenta características humanas y, por consiguiente, ya no es lícito ni digno reproducir algunos de sus defectos físicos. El retrato se vuelve cada vez más un estereotipo, como podemos apreciar en los rostros de Diocieciano (años 284 a 305 d. C.), Maximiano (años 286-305 d. C.), Majencio (años 306-312 d. C.) o Licinio (años 308-324 d. C.). Bajo Constantino el Grande (años 306-337 d. C.) hay un nuevo mensaje que comunicar: Constantino se ha convertido en paladín del cristianismo, y precisamente en los símbolos de este último se centran las novedades en materia de monedas, mientras que el rostro permanece estandarizado y desprovisto de una caracterización específica.

El retrato en Roma

El arte griego siempre ejerció una grandísima fascinación sobre los romanos, e incluso provocó cierto complejo de infehoñdad frente a algunos sectores concretos como la estatuaria, hasta el punto de que durante siglos los artistas romanos se limitaron a realizar réplicas y a copiar las grandes obras griegas. El retrat6, en cambio, fue un capítulo de genuina tradición itálica, y en él los romanos se sintieron dewnculados de cualquier ejemplo, Nacido de la práctica de la escultura funeraria en el siglo I a. C., el retrato, sin referencias a ningún canon y sin recurso alguno a teorías filosóficas, debía reproducir las facciones del difunto, cuyos rasgos corporales, queridos para sus parientes, debían quedar fdmente reflejados. La ff~¡la Funeraria no tiene en sí nada de artístico, pues está construida por un vaciado del rostro del fallecido. Su particulafidad radica en la disposición a aoeptar lo especfflw del indmduo, incluso en sus aspectos menos gratos. Este retrato veñsta era adquirido induso por las clases b4as. Junto a las efigies de personajes ilustres como Pompeyo y Cicerón, ambos del siglo I a. C., tenemos el grupo familiar de Lucio Vibio y Ve¿ilia Hilara con su hijo (siglo I a. C.), figuras que expresan c te su origen popular. VaJe la pena recordar, para comparados con algunos hermosos retratos fenieninos que aparecen en las monedas, los bustos de Octavia y de la Dama romana, de los que resulta eviidente una gran vivacidad expresiva y una búsqueda de caracterización del personaje con rasgos agudamente realistas.

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