Las monedas de los reyes de Francia


Tras la disolución del reino carolingio (siglo X), el derecho de acuñar moneda, en teoría exclusivo del rey, comenzó a ser ejercido por condes, abades y obispos. Esta difusión es el testimonio de un período de anarquía y de vacío de poder. Bajo los Capetos, los tipos de las monedas fueron en gran parte los mismos que los carolingios, aunque con el tiempo se consolidaron cada vez más los motivos iconográficos originales, que tendían a caracterizar los distintos municipios: la cabeza de san Mauricio en Vienne, de san Marcial en Sauvigny, el bustorelicario del mismo santo en Limoges, los bustos de varios obispos mitrados y la llave de Cluny. Sólo con Felipe II Augusto (años 1180-1223) se inicia una moneda real en la plena acepción de este concepto.

Felipe II augusto y luis XI el santo

Durante los primeros años del reinado de Felipe II Augusto se continuó la acuñación con carácter local de sus predecesores. Los éxitos alcanzados por Felipe II sobre Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra por la reconquista de las regiones francesas, le permitieron imponer un poder centralizado. Estas afortunadas circunstancias llevaron a la creación de nuevas monedas, destinadas a circular en el interior del reino como divisa corriente. Se trata de dos tipos de dinero de plata, llamados respectivamente parisis y tornes, emitidos en un sistema que comprendía otros muchos numerarios. Estas acuñaciones Indican el renacer de un renovado espíritu nacional y la voluntad de reconstruir los sistemas unitarios que habían caracterizado el mundo carolingio. No es casual que Felipe II adoptara como enseña militar la oriflama, que fue estandarte de Carlomagno y símbolo de su Imperio.
La segunda mitad del siglo XIII vio el retorno de Luis IX el Santo de la VI Cruzada (1248-1254), y se caracteriza por una reforma monetaria, expresión de un gobierno prudente y de una adecuada política financiera: así reaparece en Francia, después de muchas décadas, la moneda de oro. El escudo de oro de Luis IX apareció en 1266 y tenía el valor de diez sueldos torneses. Hoy se conocen poquísimos ejemplares, de una simplicidad iconográfica destinada a tener gran fortuna: en el anverso hallamos un escudo (de donde deriva el nombre de estas monedas) con pequeños lises estilizados en el interior de una cenefa polilobulada (formada por semicírculos). En el reverso, una cruz terminada en motivos florales está rodeada por cuatro lises. La flor de lis es un símbolo que en su origen indicaba devoción a la Virgen María, difundido en muchísimas monedas francesas de todas las épocas, y ya presente en sellos y estandartes de los predecesores de Luis IX. También las leyendas de las monedas acuñadas en tiempos del rey santo indican claramente el carácter religioso que el soberano deseaba imprimir a todas las manifestaciones de su reinado, incluidas las monedas. Es muy interesante señalar que las monedas de este período presentan una elegancia en el grabado que corresponde a la gran tradición contemporánea en el campo de la miniatura y la orfebrería. Otro factor sumamente valioso y significativo es la coincidencia, por supuesto no casual, de las fechas en que aparecen el escudo francés, el florín de Florencia y el augustal de Federico II en Italia meridional, en un renacimiento de la moneda de oro que subraya una significativa renovación en el interior de los sistemas económicos y políticos de Europa.

La nueva iconografía

Hacia finales del siglo XIII, aparece una nueva iconografía que tendrá mucho éxito y será particularmente querida y adoptada en Francia: la escena del rey sentado en el trono, detalle que experimenta diversos cambios en el transcurso de los años y de las dinastías (en 1328 se extingue la dinastía de los Capetos y la corona pasa, hasta 1498, a la Casa de Valois). El trono representado en estas monedas ofrece al principio las características de la silla curul, el asiento de los altos magistrados romanos. Bajo algunos soberanos el sitial aparece adornado con cabezas de león. En algunas series de monedas el trono se convierte en una silla gótica, con el respaldo erizado de agujas, mientras que en oYias e\ rev permanece sentado en el interior de un pabellón decorado con tapices. Hacia 1311 aparece el cordero de oro, caracterizado por la figura del cordero pascual aureolado. En tiempo de Juan II el Bueno (1350-1364), Francia se precipitó en el caos: las guerras contra Inglaterra y una contienda civil condujeron inevitablemente a una situación financiera desastrosa que sólo se restableció en 1360 a raíz de la Paz de Brétigny. No obstante, las monedas de oro continuaron, con varias emisiones. Precisamente de estos años data la primera moneda con el muy afortunado y longevo nombre de franco. Se trata de un grueso blanco que lleva en el centro la palabra iFRANC, abreviatura de francorum rex. Ya en tiempos de Luis VII el Joven (años 1137-1180) existían monedas que llevaban esta leyenda y la flor de lis (que el pueblo llamaba pata de oca). Pero sólo en 1360 el nombre franc pasó a la nueva moneda de oro. En tiempo de Carlos V el Sabio (1364-1380), regente de su padre Juan el Bueno, prisionero de los ingleses, se acuñaron el franco a caballo y el franco a pie. Los dos bellísimos tipos de oro fueron muy imitados. El franco a caballo presenta la peculiar imagen de un jinete al galope, con la espada desenvainada. Montura y jinete muestran un gran dinamismo: el movimiento lo sugieren sabiamente los ropajes al viento, y el yelmo con visera otorga al noble un aire misterioso y fantástico, de jinete del Apocalipsis. El franco a pie (1365) presente al rey derecho, con espada y cetro, vestido con la cota real punteada de lises bajo un arco de factura gótica.
En tiempos de Carlos VI el Bienamado (1380-1422), la confusión política era insuperable: se desencadenó una furiosa lucha entre los duques de Borgoña y Orleans, regentes del rey, afectado por un ataque de locura. La derrota francesa en Azincourt (1415) provocó gran confusión política y económica, además de la ocupación de París y el paso de Normandia a manos de Enrique V de Inglaterra. Todo esto tuvo graves repercusiones en la producción numismática. De este período recordemos, entre otras cosas, el escudo de oro de la corona (1385-1388), el cordero de plata (1417) y el saludo de oro de 1421 en el que aparece por vez primera en Francia la escena de la Salutación angélica, el momento en que la Virgen recibe la Anunciación, tema que ya hallamos en las monedas napolitanas de Carlos I de Anjou (1266-1285). No deben olvidarse las monedas de Normandia, donde Enrique V de Inglaterra efectuó acuñaciones como heredero del trono de Francia.
Durante el reinado de Luis XI (1461-1483), con Francia recién salida de la larga guerra contra los ingleses, Juana de Arco reavivó con su ejemplo el sentimiento nacional de los franceses, y si bien lentamente, se inició una guerra de liberación de los territorios aún ocupados por los ingleses. Poco a poco, el reino fue reconstituido y reorganizado, se trazaron las fronteras, y el comercio se incentivó y se reforzó. A esta renovada atención a los intercambios mercantiles contribuyó la unificación de las pesas y las monedas, así como una abundante producción monetaria, a cargo de 24 cecas destinadas a crecer con el tiempo.

El escudo de oro del sol

En la situación descrita, se creó el escudo de oro del sol, de 3,5 g de peso (con un título de 963/000), la moneda más importante de cuantas circulaban en las ferias y en los mercados mayores. Se trataba de una moneda muy parecida al ampliamente difundido escudo de oro de la corona, y se caracterizaba por un pequeño sol radiante sobre el escudo coronado. Hallamos una amplia variedad de tipos monetales destinados a recuperar la credibilidad y la difusión en los mercados: el ángel, la imagen de san Miguel matando el dragón (que aparece coincidiendo con la creación de la orden dedicada al santo, en recuerdo de la defensa del Mont Saint Michel contra los ataques ingleses), el escudo de oro de la corona y un escudo de oro para el Delfinado. También es muy rica la producción de plata, la mayor parte de la cual es de bajo contenido de metal noble. En general, las monedas de este período están más cuidadas que las del anterior, aunque, indudablemente, acusan todavía un gusto medieval por los motivos heráldicos. Las monedas francesas de este período se caracterizan por un complicado sistema para dar cuenta del taller y del maestro de ceca: se trata del llamado punto secreto, un minúsculo símbolo colocado sobre una letra de la leyenda, que es preciso analizar y escrutar con la mayor atención. Bajo Carlos VIII (1483-1498), la corona francesa obtuvo también Bretaña (1491), y así, en las monedas aparecieron los armiños, enseña heráldica de esta región. Durante el reinado de este soberano se produjo asimismo la ocupación de Ñapóles, que Carlos VIII reclamaba como descendiente de los Anjou, y donde permaneció por breve tiempo. La campaña de Italia fue muy provechosa por los contactos directos con el Renacimiento. Luis XII (1498-1515) estaba muy vinculado a Italia: era ya señor de Asti, y una vez convertido en rey de Francia ocupó Génova y Milán. En las monedas de este soberano, en general parecidas a las de su predecesor, aparece el puercoespin, emblema de los Orleans, animalito que da nombre al escudo del puercoespin. En 1514 se acuñó el primer testón de plata francés, con el que Francia se alineaba con las monedas italianas del Renacimiento por peso y tipos. El mismo rey Luis consiguió hacer acuñar monedas de plata con su retrato en las cecas de Asti, Milán, Génova y Savona.

Un gran mecenas

Con Francisco I (1515-1547), Francia tuvo un verdadero soberano renacentista, que amaba el arte y la literatura y se rodeaba de artistas y de hombres de cultura. El rey consiguió animar el comercio interior, apoyar el nacimiento de nuevas actividades y adecuar la producción monetaria a las nuevas y cada vez más urgentes exigencias de una buena divisa. Precisamente en aquellos años, la enorme circulación de metales preciosos procedentes del Nuevo Mundo creó una gran inflación, que muy pronto llevó a una vertiginosa intensificación de las actividades de los falsificadores. Esto no impidió que durante el reinado de Francisco I la producción monetal conociera un momento de particular pujanza: recordemos la reforma financiera de 1540, el gran impulso dado al testón, producido al principio con un título elevadísimo, 958/000 (a partir de 1521 descendió a 899/000), con un peso de 9,59 g y con una variedad de retratos y una aceptación verdaderamente dignos de una gran potencia económica, además de política y militar. El estilo no es en verdad digno de los grandes artistas que frecuentaron la corte y residieron cerca del rey (Leonardo da Vinci, Benvenuto Cellini), pero las monedas de este período revelan de todos modos un particular cuidado, como demuestra la reforma de 1540: considerando poco claro y legible el sistema de los puntos secretos (que por lo demás continuaron siendo utilizados), se decidió que cada taller estuviera caracterizado por una letra en el exergo, sistema que se ha mantenido hasta nuestros días (por ejemplo, la letra de la ciudad de París es la A, la que designa Burdeos es la K, la M corresponde a Toulouse, y Estrasburgo viene caracterizado por dos B extrañamente ligadas). Otra disposición prevista por la reforma era que todas las pruebas debían efectuarse en París, en la Chambre des Monnaies. El sistema de Francisco I comprendía escudos y medios escudos de oro (que en el reverso presentan una cruz acompañada de coronas o de grandes F), testones, docinas, sextinas, liards (de aleación blanca), dobles torneses y torneses (de aleación negra). Entre las novedades, la decina y las piezas de la crucecita o de la cruz blanca. El símbolo de este soberano era la salamandra, que aparece en sus monedas.

La acuñación mecanizada

En tiempo de Enrique II (1547-1559), y más concretamente a partir de 1551, se introdujo en París un nuevo sistema de acuñación mecanizado, con la utilización de un laminador (máquina que reduce el metal a una lámina uniforme), de una cortadora para obtener piezas regulares y de una prensa de tornillo para conseguir una acuñación más precisa y bien centrada. El taller se situó a orillas del Sena (donde hoy se encuentra la plaza Dauphine), a fin de aprovechar la fuerza motriz de la corriente. Los resultados fueron muy positivos: las monedas de Enrique se cuentan entre las más hermosas de finales del siglo XVI, y su factura es Inmejorable. Entre las innovaciones de estos años, cabe recordar la introducción del canto trabajado, expediente muy útil para hacer desistir de la práctica del esquileo. En 1600 el molino de las monedas se trasladó al Louvre, donde unos grabadores de indudable competencia y notable valía se dedicaron con denuedo a la producción de monedas y medallas para la familia Borbón. En 1640 Luis XIII (1610-1643) introdujo el luis de oro (moneda de unos 6,75 g) y el luis de plata o escudo blanco (equivalente a 60 sueldos), con sus submúltiplos de 30,15 y 5 sueldos. Sólo con el Rey Sol, Luis XIV (1643-1715), se trató de uniformizar seriamente las monedas francesas: coexistían en efecto producciones basadas en diversos sistemas, y fuera de París las monedas aún se acuñaban a mano.
En 1648 se ordenó la supresión de las antiguas monedas (aunque sólo en 1752 desaparecieron efectivamente las antiguas piezas), y en 1653 apareció un tipo, el lirio de oro, de 7 libras, y el de plata, de 20 sueldos, con sus submúltiplos. El Rey Sol llevó a cabo cuatro reformas monetarias, que apuntaban a obtener beneficios del lanzamiento al mercado de piezas nuevas, reacuñadas sobre las viejas ya retiradas de la circulación. Es hermosa la producción de Luis XV (1715-1774), muy cuidada y refinada, con una atención acaso excesiva al lujo y a las apariencias, que costaría cara a su sucesor, Luis XVI (1774-1792), guillotinado en 1793: nos hallamos ya en puertas de la Revolución francesa, con los profundos cambios que determinó, como se pondrá de manifiesto en la posterior producción numismática.