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Los primeros bancos públicos en España

La precaria economía española de mediados del siglo XVIII gira en torno a los bancos privados, bancos públicos (no estatales) con reconocimiento oficial, Taules y Montes. La situación es grave, y la Hacienda se ve obligada a pedir préstamos en el extranjero ante la actitud renuente de la Compañía General y de Comercio de los cinco Gremios Mayores de Madrid, que halla dificultades para que le liquiden sus préstamos. Toda esta coyuntura crea un ambiente apropiado para repiantearse, pese a los proyectos fallidos de la Casa de Contratación de Sevilla y del Real Giro, la creación de un banco público estatal. El conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo, presenta sendos proyectos al ministro de Hacienda, Miguel Múzquiz, y al ministro de Colonias, José de Gálvez, el 15 de noviembre de 1779. El proyecto no prospera, ya que la situación económica cambia con la llegada de un cargamento de metales preciosos procedentes de México. La bonanza apenas dura unos meses, y el bloqueo inglés a las comunicaciones entre España y las colonias de América, el asedio a Gibraltar y la lucha para la recuperación de Menorca, asimismo en poder de los ingleses, obligan a la Hacienda pública a emitir vales reales por un montante de 15. 203. 000 pesos de vellón al 4 % de interés. La situación sigue sin mejorar, la cotización de los vales desciende, y para sostenerlos finalmente se funda el banco nacional, que además deberá fomentar la industria y los intercambios, y proporcionar suministros a los ejércitos. Así, el 2 de junio de 1782 se crea el Banco Nacional de San Carlos, que se inaugura un año después, el 1 de junio de 1783. La existencia del Banco Nacional no excluye la actividad de la Compañía General y de Comercio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, que sigue auxiliando a la Hacienda estatal hasta que, en 1785, modificados sus estatutos y por evitar la competencia con el Banco Nacional, dedica su actividad a la elaboración de tejidos y prendas para suministro del Ejército, la Armada y los presidios. Su situación se enrarece por el incumplimiento de los pagos de la Hacienda Estatal (1799), y deja de abastecer a los ejércitos y demás instituciones oficiales.

El banco de San Carlos

Como consecuencia de la depreciación de los vales reales que él mismo había propuesto, Francisco Cabarrús, presenta el 12 de octubre de 1781 al conde de Floridablanca (primer ministro), un proyecto de Banco Nacional, que éste apoya. Pide el beneplácito a Carlos lii, y como resultado la mayoría de los ministros apoya la iniciativa, salvo el conde de Gausa, ministro de Hacienda. También se oponen al proyecto los cinco Gremios Mayores de Madrid. Para superar esta oposición, Cabarrús debe desplegar todas sus artes diplomáticas y conocimientos. El 13 de abril de 1782 redacta un memorial en defensa de su idea, que fructifica, y en una asamblea extraordinaria de ministros y expertos en economía, de la que forman parte el conde de Campomanes y Gaspar de Jovellanos, así como representantes de los Cinco Gremios Mayores, funcionarios del Tesoro y hombres de negocios, el proyecto lo aprueban los ministros del rey, que lo confirmaron individualmente por escrito. Tras el estudio y aprobación del proyecto, el 15 de mayo de 1782 Carlos III envía al Consejo Real la cédula por la que se constituye el Banco Nacional de San Carlos, La cédula se publica el 2 de junio del mismo año. El modelo en que se inspiró Cabarrús para la creación del Banco Nacional, no tenía nada de común con el Banco Público de Barcelona (Taula de Cambi) ni con el de Valencia; su modelo fue el Banco de Inglaterra y, en menor medida, el Banco de Amsterdam, aunque conocía la forma de operar del resto de los bancos europeos de la época. El banco estaba bajo la protección real, pero era de propiedad privada: cualquiera podía tener acciones sin que esto conllevara control alguno sobre la entidad. La misión principal del banco era la conversión de los vales reales a la par por metálico, la negociación de pagarés y letras de cambio hasta un máximo de noventa días, y el suministro al Ejército y la Armada. El capital del banco se estableció en 300 millones de reales de vellón, con lo que superaba al del Banco de Inglaterra. Se dividió en 150. 000 acciones de 2. 000 reales cada una, comprometiéndose el banco a cambiarlas a la par. Gaspar de Jovellanos, que había apoyado el proyecto, se mostró disconforme con el monto del capital, que aconsejó se redujera a 200 millones, por creer que no sería posible invertir todos los fondos, y que ello mermaría sustancialmente las rentas del capital. El tiempo le daría la razón. La colocación de las acciones fue difícil, y su venta debió apoyarse con Reales Decretos y con ejemplos: el propio rey compró mil acciones, y quinientas el príncipe de Asturias. A los cinco meses de su puesta en circulación, sólo se habían vendido 9. 452. De todas formas, se convocó la asamblea y se nombró la primera junta encargada de organizar el banco. En esta asamblea se acordó la emisión de billetes sin interés, al estilo de los bancos europeos, y de un nominal en 200 y 1. 000 reales, De la junta salió también el acuerdo de buscar un local, que se alquiló al conde de Sargado, y estaba situado en la calle Luna, 17. Se restauró y habilitó, de forma que el 1 de junio pudo inaugurarse. El 20 de diciembre de 1783, cuando se convocó la segunda junta, sólo se habían desembolsado 28. 150 acciones, pero aún así el banco siguió adelante y decidió emitir billetes por 52 millones de reales. El gobierno accedió a crear una reserva al banco de 30 millones de reales en oro que acuñó la Casa de la Moneda de Madrid, y dio las órdenes oportunas para que los billetes fuesen aceptados. Las acciones del banco nunca llegaron a desembolsarse en su totalidad, pues hubo que suspender su venta en 1785, cuando quedaban 26. 334, por la especulación de que las mismas fueron objeto. El banco pasó por numerosas vicisitudes producto de las intrigas, cambios de juntas, influencias extranjeras y especulaciones, hasta la caída de Cabarrús en 1790. La marcha de la institución nunca fue ejemplar, y afectó al capital y a las operaciones de riesgo contraídas. Como la Corona no cubría ni el pago de intereses, el banco quebró en 1829. Por lo demás, estos fueron años llenos de dificultades: hubo guerra con Inglaterra, los franceses invadieron España, José Bonaparte fue proclamado rey e Hispanoamérica se vio sacudida por las luchas de emancipación. Este cúmulo de circunstancias adversas impidió que la Corona cumpliera con sus compromisos, y siendo ésta el primer cliente del banco, lo arrastró a la quiebra.

Montes de piedad y montepíos

A semejanza de los montes italianos creados en el siglo XV, en 1710 se reconocieron oficialmente en Madrid estas entidades, cuyo reglamento se aprobó en 1712. Nacieron con la idea de socorrer en los tiempos difíciles a empleados, comerciantes y artesanos en las grandes ciudades, pero este objetivo no siempre se cumplió, pues también fueron centro de especulación y usura cuando la demanda superó las disponibilidades del monte. Fueron importantes los montes de Madrid y Granada, así como los de Barcelona, Zaragoza y Jaén. En depósitos de ahorro se pagaba un 3 % de interés a la clientela privilegiada que disponía de ellos. Su importancia indujo a la administración pública a convertirlos en depositarios Paralelamente funcionaban los montepíos, principalmente en la segunda mitad del siglo Xviii, en sus dos versiones: de socorro y de crédito. Nacieron a la sombra de las hermandades, cofradías o gremios, para la protección de sus miembros, pero los que realmente destacaron fueron los oficiales, para militares, marinos o funcionarios, promovidos por Esquilache en 1761. Los montepíos de socorro perseguían un fin caritativo o benéfico, y se alimentaban de las cuotas de sus miembros y de los donativos de los pudientes, para transformarlos en pensiones de vejez, viudedad u orfandad. Los montepíos de crédito se implantaron con la finalidad de mejorar la producción agrícola e industrial. Sus fondos provenían de las vacantes eclesiásticas y de los expolios. Facilitaban semillas a los campesinos, redes a los pescadores y materia prima a los artesanos, con préstamos gratuitos o intereses moderados. Su mayor auge se registró en la segunda mitad del siglo XIX, y perdieron su hegemonía con el nacimiento de las compañías de seguros privadas. Entrado el siglo XX el apoyo estatal a los montepíos les devolvió su protagonismo hasta nuestros días.

El primer papel moneda de España

A finales del siglo XVIII, la situación económica de España ante el bloqueo y la guerra, impidió una recaudación suficiente de tributos para las necesidades de la Hacienda estatal. En estas circunstancias el gobierno aceptó la proposición de un francés, Francisco Cabarrús, economista, banquero y hombre de negocios afincado en Madrid, para proceder a la emisión de vales reales, el primer papel moneda emitido en España. Carlos III autorizó el 20 de septiembre de 1780 la emisión de 9. 900. 000 pesos de vellón en vales al 4 % de interés. Posteriormente, el 20 de marzo de 1781, y para sufragar las campañas de Gibraltar y Menorca, se realizó una segunda emisión de 5. 303. 000 pesos de vellón. La devolución de los mismos acusó las dificultades que sufría el reino. Este primer papel moneda, que mantenía su paridad por debajo del efectivo metálico un 4 %, no fue un buen precedente para las emisiones sucesivas. Los vales reales nacieron con anterioridad a la creación del Banco de San Carlos, como deuda pública, y esa entidad en su primera junta de accionistas, aprobó la emisión de vales sin intereses, lo que los convirtió en billetes. Se efectuó una primera emisión el 1 de marzo de 1783, con los nominales de 200, 300, 400, 500, 700, 800, 900 y 1. 000 reales. La última emisión de vales se llevó a cabo el 1 de marzo de 1798, con valores de 200, 300, 500 y 1. 000 reales. Dos años más tarde, en 1800, tuvieron que ser retirados de circulación por el deterioro de su valor, las falsificaciones y la penuria de la Hacienda pública. Los coleccionistas pagan hoy por ellos considerables sumas.