Los bancos privados de la época moderna

El desarrollo del mundo financiero en la época moderna, que giraba en torno a Fiandes, Florencia, Toledo y Venecia, dio origen al nacimiento en Italia, a mediados del siglo Xiii, de la banca comercial privada. Sus funciones eran facilitar los cambios de moneda, proporcionar medios económicos para las expediciones a Oriente y África de portugueses, castellanos, aragoneses y venecianos, y atender a la costosa financiación de campañas bélicas o al transporte de dinero dentro de la peligrosa y agitada Europa. Se hizo necesaria, pues, una organización financiera a semejanza de la utilizada por la orden del Temple, que ya desde el siglo anterior mantenía unida comercial y económicamente, desde Tierra Santa, toda la cristiandad.

Los primeros banqueros

A los templarios se les atribuye la primera banca moderna organizada a nivel internacional, y la creación de la letra de cambio. Sus depósitos fueron tan cuantiosos y sus préstamos tan importantes a soberanos y pontífices, que provocaron su propia desaparición. Las presiones que por su situación económica ejerció Felipe el Hermoso de Francia sobre el pontífice Clemente V, hizo que éste hostigara a la orden hasta abolirla en 1312. Ejecutado el gran maestre en 1314, los bienes que poseían los templarios revirtieron a los Estados o fueron transferidos a otras órdenes, quedando en el olvido la que fue la mejor organización comercial y económica durante casi dos siglos. La creación en Italia de la banca comercial facilitó la realización de pagos a distancia, la obtención de beneficios con los depósitos, y la posibilidad de acceder a créditos y préstamos. Destacaron banqueros como los Bardi, que en 1336 llegaron a tener no menos de dieciséis filiales. Habían iniciado sus actividades en Florencia a mediados del siglo Xil. El máximo desarrollo se alcanzó a comienzos de siglo XIV, cuando en aquella ciudad operaban ochenta competidores, entre ellos los Peruzzi, Acciaiuoii, Aibizzi, Buondelmonti, Cerchi, Capponi y Frescobaldi. Italia, pionera de la banca privada, puso en manos de ésta la recaudación de diezmos y tributos. También los banqueros atendieron a la financiación de pontífices y soberanos durante dos siglos, enriqueciéndose y quebrando según las vicisitudes de la historia. Las grandes fortunas amasadas en este período, la mayoría inestables y quebradizas, influyeron en todos los campos del poder, las artes y las ciencias. Los Medici, que fundaron su banco junto con algunos miembros de la familia Bardi en 1397, cambiaron las estructuras y modificaron el sistema tradicional asemejándolo más a la banca actual. Su poder y riqueza hizo que intervinieran en las decisiones políticas durante más de un siglo en t oda Italia. Acabaron en bancarrota y regresaron a Florencia en el siglo XVI como gobernantes de un Estado, el gran ducado de Toscana, que conservaron hasta 1737, cuando murió el duque Gian Gastone, último vástago de la estirpe.

La banca privada en Europa

A comienzos del siglo XVI, el centro financiero de Europa se desplazó lentamente hacia Augsburgo, una pequeña ciudad de Baviera, gracias a una familia, los Fugger (Fúcar), que debía imprimir una profunda huella en la historia económica del continente. Fabricantes textiles y comerciantes, en 1459 crearon una serie de bancos y formaron una organización financiera de dimensiones e importancia extraordinaria. Su gestión en los negocios y empresas se ajustaba a criterios muy modernos: sus principios fundamentales eran la indivisibilidad del patrimonio y la contabilidad ordenada. Su organización, en materia de comunicaciones y de prestaciones sociales a sus colaboradores, sería digna de nuestro tiempo. La decadencia de los Medici aumentó su protagonismo, y se convirtieron en los agentes financieros pontificios y en soporte económico de los soberanos de la época: financiaron a Carlos I de España y a Francisco I de Francia, e intervinieron directamente en la política de su tiempo. Pero también los Fugger acabaron declinando, como consecuencia de su vinculación a la casa reinante en España. En efecto, las crisis financieras de la Corona española, la primera en 1557-1559 y la segunda en 1607, precipitaron su caída. Otros banqueros alemanes, como los Welser, financiaron a los monarcas europeos, a medida que los banqueros italianos perdían su protagonismo y el centro financiero internacional se desplazaba a Amsterdam, que mantuvo el predominio durante dos siglos. Eran plazas con gran movimiento financiero París, Londres y Burgos, sin desdeñar Aviñón, ciudad residencial de los papas de 1309 a 1376 y que, desde que fue vendida a Clemente Vi en 1348 por Juan I de Nápoles, se convirtió en un gran centro comercial y financiero, sede de numerosos banqueros.

La banca privada en España

La aparición de un nuevo tipo de actividades como consecuencia de la revolución comercial de los siglos XI-Xiii, dio origen a la banca moderna, basada en la banca medieval. Estaba en manos de aurífices, cambistas o mercaderes, cuya misión no pasaba de custodiar, certificar la ley del metal y su valor, y efectuar pagos a distancia. La variedad de monedas, el conocimiento de su paridad y la manipulación de las mismas, hicieron que los comerciantes confiaran sus operaciones a través de los bancos a cambio de certificados de depósito. La evolución del banco monetario hacia un banco del crédito no se hizo esperar. Italia primero y la Corona de Aragón después, marcaron la pauta de lo que conocemos como banca moderna. Los cambiadores que evolucionaron a banqueros podían ser públicos o privados. Estos últimos se llamaban cambiadores de menudo y carecían de licencia. No así los públicos, a los que ya Sancho Ramírez (1063-1094) se la concedió. Los cambiadores públicos y privados se extendieron por la Corona de Castilla a lo largo del Camino de Santiago, y en la Corona de Aragón se localizaron en Zaragoza y Jaca en el interior, y en Barcelona, Valencia y Palma de Mallorca en el litoral, y en ambos reinos proliferaron en aglomeraciones urbanas, fortalezas y templos. Entre 1340 y 1350, desaparecieron en Castilla los cambios privados. Ante la penuria que Alfonso Xi experimentó para afrontar sus campañas bélicas, incautó los cambios públicos, lo que creó desconfianza en los depositarios, que guardaron sus caudales en casa o los depositaron en los monasterios. En 1351, Pedro I trató de recuperar la confianza de los cambios sin conseguirlo. Ante la falta de numerario (depósitos) se limitaron los cambios públicos, y se pusieron bajo administración y responsabilidad comunal. Este fenómeno se dio en todos los reinos de España. La peste negra (1348) hundió los reinos peninsulares, provocando un caos económico que solamente consiguió superar Castilla, que basaba su economía en el ganado, la lana y el oro que obtenía en Granada. Esta situación se prolongó hasta mediados del siglo XV. Aragón continuó su decadencia comercial y financiera, y desapareció la mayoría de los cambistas privados, alguno de los cuales se declaró fallido, con importantes pasivos. Los banqueros catalanes, más avanzados en la intermediación por las influencias italianas, se vieron afectados por las penurias que estaban sufriendo los reinos de España; así, entre 1381 y 1383 se arruinaron los más conocidos banqueros de la época: Dolivella, Pascual y Esquerit, y Pere Dez Cases en Barcelona, y Medir en Gerona. Sólo Gualbes, de Barcelona, consiguió afrontar la crisis.

Las ‘taules de Canvi’

Toda esta coyuntura indujo al Consejo de Ciento a instaurar el 25 de enero de 1401 la “Taula de Canvi”. Sucesivamente se implantó esta institución en Valencia (1407), Zaragoza (Tabla de los Comunes Depósitos), Palma de Mallorca y Gerona. Esta última ciudad consiguió el privilegio en 1443 pero no consta que funcionara hasta 1568. Le siguieron Vic y Perpiñán. Estabilizada la situación económica, apareció en escena el italiano Francesco di Marco Datini, un mercader de Prato que creó su propio banco para financiar sus numerosos negocios. Su originaria tienda de Aviñán pasó a convertirse en una multinacional de la época, con establecimientos en Fiandes, Francia, Italia y España. En esta última abrió sucursales en Barcelona, Valencia y Mallorca, y obtuvo pingües beneficios en su gestión entre 1396 y 1399. Su sistema contable escrupuloso y su gran archivo, conservado en el Palacio Datini de Prato, que contiene más de 125. 000 cartas recibidas de 257 localidades, de las cuales 22. 451 son españolas, permiten, basándose en sus detallados apuntes contables, establecer el estado económico de las tres ciudades españolas y su evolución durante esta época. Si los resultados fueron buenos en el primer período, entre 1399 y 1403, los beneficios disminuyeron de diferente forma en cada una de las ciudades, pero eso no menguó el patrimonio de Datini, que al morir ascendía a 72. 000 florines y que legó a la ciudad de Prato en 1401. La coyuntura económica de Cataluña hizo que La Generalitat fuera restringiendo el número de cambiadores privados y sus actividades, supeditándolas a la “Taula de Canvi” que dependía de la municipalidad. Anuló las actividades de aquéllos en 1446 para restablecerlas en 1452 y anularlas definitivamente en 1455, lo que provocó la ruina de banqueros como Jaume de Cassagia en 1446, e invitó al desfalco en 1446 a Berenguer Vendrell. Coyunturas similares se dieron en las “Taules” de Valencia y Mallorca. Mientras, en Castilla, Juan II promulgó una pragmática que revalidó Enrique IV, y que autorizaba a constituir cuantos cambios se solicitaran, privados o públicos, estos últimos sometidos a los trámites de fianzas que exigieran los ayuntamientos. En este ambiente, entre 1450 a 1550 proliferaron bancos como los de Castilla y Andalucía, Burgos, Aranda de Duero, Valladolid, Madrid, Toledo, Sevilla, Córdoba y Baeza, por citar sólo unos pocos.

Influencia de la banca extranjera

La banca castellana recibió un nuevo impulso con la llegada de los metales preciosos de las Indias. El capitalismo internacional se vio atraído por las riquezas que transportaban las flotas a Sevilla, y aparecieron los banqueros cosmopolitas: genoveses, alemanes y flamencos, que menguaron la efectividad de nuestros cambistas, dominando la situación económica durante los reinados de los Reyes Católicos (1474-1517), Carlos V (1517-1556) y Felipe II (1556-1598). Esta clase privilegiada de banqueros, entre los que apenas había algún español, dominó la situación, controlando los pagos a los países con los que la deuda era mayor, y dominando casi todas las operaciones financieras. Finalmente, la Corona hubo de prohibir los pagos al exterior en metales preciosos sin su consentimiento. Ante este desconcierto, nació un proyecto en tiempos de Carlos V, que, elaborado por expertos en el reinado de Felipe li, trató de convertir la Casa de Contratación de Sevilla en banco comercial y caja de deuda pública. El intento fracasó, y se mantuvo la supremacía de los banqueros cosmopolitas, que relegaron a un segundo plano a nuestros banqueros públicos y privados. Si estos últimos destacaban, eran promovidos a públicos por el municipio, pero ahí terminaba su función. Los envíos de plata y oro, que se habían restringido, se reanudaron a raíz de la rebelión de los flamencos. Esta nueva situación acrecentó el comercio y provocó una escalada de precios de los productos exportables. Los banqueros ya no operaban sólo con numerarios allende de las fronteras, sino que comerciaban con todo tipo de bienes, principalmente los genoveses, pero se vieron frenados en su intento dominador por una disposición datada en Zamora el 6 de junio de 1554 en la que se les prohibía efectuar operaciones de compraventa. Tuvieron, pues, que limitar su actividad a mover numerario. El dominio de los genoveses se acrecentó de tal forma, que Felipe 11, por el decreto de 1. 0 de noviembre de 1575, trató de eliminarlos, dando primacía a los banqueros asentistas castellanos, lo que no se logró por este medio, sino marginando su actuación. Los altibajos de la banca privada y pública hasta la creación del Banco Nacional de San Carlos en 1782, estuvieron sujetos a las influencias extranjeras, y aunque la banca privada siempre estuvo representada en las principales ciudades de España, nunca adquirió carácter expansionista salvo contadas excepciones. En efecto, limitó su actuación a su ciudad de origen y careció de poder económico suficiente para competir con la gran banca extranjera, lo que ocasionó numerosos fallidos en todo el territorio nacional. Burgos, Sevilla y Toledo tuvieron momentos de esplendor durante el siglo xvi, por la cantidad de bancos y el movimiento que generaban, consecuencia de las ferias, del oro de las colonias o de la corte, respectivamente, pero todo fue fugaz y pasajero como consecuencia de la depresión que sufría el país. Cataluña, que registraba una relativa animación en el mismo período, para apoyar la operatividad de las “Taules de Canvi” creó como filial de la institución el Banco de la Ciudad de Barcelona (1606), que prestó buenos servicios hasta la depresión de 1635, que obligó a cerrar de nuevo los bancos privados. La sublevación de 1640 y la consiguiente guerra hicieron que “Taula de Canvi” y Banco de la Ciudad de Barcelona se apoyaran mutuamente, hasta el extremo de tener que conjuntar en 1655 la contabilidad de ambos para subsistir. Paralelamente, la “Taula de Canvi” de Valencia que había sido reforzada en 1649, consiguió mantenerse hasta 1719. La Tabla de los Comunes Depósitos de Zaragoza, afincada en la lonja, edificada entre 1541 y 1551, no fue incompatible con los bancos privados, pero la situación de una y otros eran tan precaria, que los necesitados de préstamos tenían que acudir a los usureros. Por eso, en las Cortes de Barbastro de 1626 se prohibió el cobro de intereses fuera de los bancos autorizados. Durante el siglo Xvil, destacaron organizaciones como los cinco Gremios Mayores de Madrid, que ejercían de banqueros y comerciantes respaldados por sus propios agremiados. Su poder fue grande y operaron en la península y en las colonias, desestabilizando los proyectos económicos del Estado. La situación movió al marqués de la Ensenada a encargar al marqués del Puerto un estudio para la creación de un banco estatal. El modelo elegido fue el Banco de Inglaterra, y de este modo nació el Real Giro, con central en Madrid y sucursales en Barcelona, Bilbao, Cádiz y Málaga, y con enlaces en Amsterdam, Lisboa, Nápoles, París y Roma. Funcionó bien hasta la muerte del marqués de la Ensenada (1754), pero no dejó de ser un proyecto de banco estatal.

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